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José Orión Castellón Frech
https://orcid.org/0009-0005-9667-9920
Metapas del
f
ierro: Esbozo histórico sobre el
reconocimiento siderúrgico durante los siglos
XVII, XVIII y XX
Metapan of the iron: historical sketch on the steel
recognition during the 17 th, 18th, y 20 th centuries
DOI: https://doi.org/10.5377/koot.v1i19.22072
URI: https://hdl.handle.net/11298/1435
Arqueólogo e Investigador independiente
Orionfrech.oc@gmail.com
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Resumen
El presente artículo forma parte de los resultados obtenidos durante una
investigación desarrollada entre los años 2020 y 2021, cuyo objetivo
es vislumbrar una serie de aspectos vinculados con el reconocimiento,
tratamiento, explotación y posicionamiento dentro del comercio
transatlántico durante un período de efervescencia y fulgor económico,
político y social de la histórica producción de hierro en la antigua región
de Metapas del Fierro (actual territorio del departamento de Metapán),
departamento de Santa Ana, El Salvador.
Para el desarrollo del presente estudio, se hizo uso del método exploratorio,
de carácter cualitativo y documental, recurriendo así a la investigación
bibliográ
fi
ca de fuentes primarias y secundarias, establecimiento de
postulados teóricos e interpretación historiográ
fi
ca, con el objetivo
de establecer una diacronía y sincronía sobre la evolución férrica en
la frontera sur del entonces Reino de Guatemala, abordado desde la
arqueología histórica.
Finalmente, a partir de los resultados, se genera una propuesta sobre una
reconstrucción hipotética de un antiguo ingenio de hierro ubicado en la
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región, haciendo uso de programas grá
fi
co-digitales, con el objetivo de
generar un mayor entendimiento al lector.
Palabras clave: Metapán (El Salvador)–Industria siderúrgica-
Investigaciones. Minerales de formación rocosa. Hierro-Fundición.
Arqueología. Cultura material.
Abstract
This article is part of the results obtained during research carried out
between 2020 and 2021, whose objective is to shed light on a series of
aspects related to the recognition, treatment, exploitation, and positioning
within transatlantic trade during a period of economic, political, and social
effervescence and splendor in the historic iron production of the ancient
region of Metapas del Fierro (now the department of Metapán), department
of Santa Ana, El Salvador. For the development of this study, an exploratory,
qualitative, and documentary method was used, drawing on bibliographic
research from primary and secondary sources, the establishment of
theoretical postulates, and historiographical interpretation, with the aim of
establishing a diachronic and synchronic view of the evolution of iron on
the southern border of the then Kingdom of Guatemala, approached from
the perspective of historical archaeology. Finally, based on the results,
a proposal is generated for a hypothetical reconstruction of an ancient
ironworks located in the region, using digital graphics programs, with the
aim of providing the reader with a greater understanding.
Keywords:Metapán (El Salvador), steel industry, research, rock-forming
minerals, iron, smelting, archaeology, material culture.
Introducción
La concepción del Nuevo Mundo fue un hecho circunstancial que
implicó una diversidad de reformas estructurales y cognitivas, y permitió
la implantación de una serie de elementos que fueron esenciales para la
subsistencia de las nuevas sociedades creadas. Desde la incorporación
de prácticas especiales, como la religión, la política y la economía, hasta
aquellas actividades de uso cotidiano como la alimentación, prácticas
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laborales, convivencia social, entre otras, expusieron la necesidad de
un criterio indispensable: la dialéctica entre el humano y la materia. La
segmentación regional permitió concretar ese propósito, particularmente
bene
fi
ciadas por una amplia diversidad de recursos naturales, en cuya
explotación puede percibirse un determinado ascenso, permanencia y
declive, dictaminados o determinados por pautas económicas. El azúcar,
el añil, la ganadería y la plata fueron algunos de esos recursos.
La siderurgia fue otra de las prácticas laborales que fomentaron la
implantación cognitiva y estructural del modelo europeo. Asimismo,
existieron una serie de actividades de diversa índole que giraron en torno
a la misma. La adquisición de un debido conocimiento para efectuar una
explotación adecuada fue un proceso constante y paulatino durante la era
colonial. El importante valor que tuvo el hierro durante la época colonial,
resultó ser un factor crucial para el desarrollo sociocultural. Exceptuándose
de sus derivados tan preciados como el oro y la plata, se destacaron
metales de sumo interés debido a su carácter utilitario. El hierro de la
tierra, reconocido así por los europeos y la globalización europea, adoptó
un valor irremplazable, principalmente los históricamente reconocidos
«Metales Plebeyos» (plomo, bronce y cobre); estos resultaron ser de
particular interés en regiones especí
fi
cas. Metapas del Hierro, percibió
una importante actividad siderúrgica, desde periodos tempranos a
fi
nales
del siglo XVII, logrando establecerse
fi
rmemente para mediados del
siglo XVIII, por medio de técnicas y mecanismos de explotación férrica,
facilitadas por peninsulares establecidos en la región.
Metodología de la investigación
La presente investigación posee un carácter exploratorio, la cual fue
ejecutada a partir de un análisis metodológico de tipo cualitativo,
compuesta por un modelo teórico documental, debido a la procedencia
de los datos analizados. El análisis de los datos históricos obtenidos se
desarrolló por medio de un método de tipo exploratorio y de carácter
documental, con el objetivo de elaborar una cronología de los sucesos
históricos fundamentales para la comprensión sobre el desarrollo de la
práctica siderúrgica en el actual territorio de Metapán.
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Por otra parte, se concibe un enfoque teórico sobre la materialidad y la
cotidianidad, permitiendo así una comprensión certera de la realidad
estudiada, a partir de sucesos históricos fundamentales, de
fi
nidos por
una constante dinámica sociocultural, fomentada por el desarrollo
social, político, económico y comercial en la región durante la época
colonial, previo a la independencia, en el entonces Reino de Guatemala,
cuyos sucesos propiciaron la cimentación de una identidad histórica
metapaneca, a partir de su producción férrica y alcance comercial.
La estructura del presente estudio estuvo conformada por tres fases:
investigación bibliográ
fi
ca, trabajo de campo e interpretación digital.
La primera de ellas consistió en una revisión exhaustiva de bibliografía
pertinente que permitiese identi
fi
car elementos de particular interés acerca
del desarrollo siderúrgico en la región, para su posterior recopilación y
sistematización de acuerdo con un orden cronológico para establecer una
diacronía y sincronía de la práctica en la región, desde su reconocimiento
en el período colonial durante la primera mitad del siglo XVII hasta su
decaimiento en la segunda mitad del siglo XIX.
Para la segunda fase se desarrolló el trabajo de campo, el cual consistió
en dos visitas a los restos de la antigua Hacienda El Carmen para una
identi
fi
cación del material in situ en las áreas circundantes del sitio a
investigar, con el objetivo de establecer un reconocimiento de las áreas de
trabajo y una delimitación espacial que permitiese el análisis y registro de
la locación del antiguo conjunto operario al interior del antiguo ingenio
de hierro y el complejo inmobiliario, identi
fi
cando así las características
arquitectónicas y dimensiones que poseen el inmueble in situ.
Finalmente, luego de realizar una documentación minuciosa y análisis
exhaustivo de los datos obtenidos durante las primeras fases, se procedió
con una interpretación y recreación virtual sobre el sistema tecnológico
del Ingenio de Hierro El Carmen. Para ello se digitalizó cada uno de
los datos relacionados con la distribución espacial y composición
arquitectónica del complejo laboral, previamente obtenidos durante la
fase de campo, con el propósito de elaborar una reconstrucción hipotética
de la maquinaria hidráulica y su funcionamiento con el objetivo de
comprender la composición del circuito operario para el tratamiento
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y procesamiento férrico, por medio del programa SketchUp, con el
objetivo de esquematizar la estética y composición industrial al interior
de la fragua.
Arqueología histórica
La arqueología histórica es considerada una de las subdisciplinas más
recientes en la arqueología; utiliza los métodos tradicionales como la
investigación, excavación y análisis material; sin embargo, su investigación
se centra en los contextos históricos correspondientes al periodo de la
Conquista Europea en el continente americano, a partir de los fenómenos
sociales que propiciaron un cambio cultural y estructural, perceptibles en
la documentación o registros elaborados durante la ejecución de dichos
sucesos. En América del Norte se establece una brecha en la investigación,
a partir de criterios metodológicos de acuerdo con una cronología. Orser
(2000) destaca tres grandes subdivisiones en el campo investigativo, cada
una de ellas de acuerdo con una etapa sobre el desarrollo humano en
América, con base en la inclusión europea, las cuales son: “Prehistórica,
Protohistórica e Histórica” (pp. 6-7).
La primera de ellas, la etapa “Prehistórica”, enfoca su estudio en
los yacimientos arqueológicos que corresponden a las “ocupaciones
prístinas de la civilización humana, dentro del continente americano,
aproximadamente hace unos 10,000 años a. C.” Orser, 2000, pp. 6-7). No
obstante, algunos investigadores hacen énfasis en el principal argumento
teórico: la inexistencia de una escritura. Posteriormente, la etapa
denominada como «Protohistórica», es de
fi
nida como un “periodo de
transición social, entre aquellos espacios culturales predominantemente
indígenas y la posterior intervención europea, por medio de una
imposición gubernamental” (Ibíd. pp. 6-7). Esta última etapa, debe ser
estudiada a partir de una determinada cronología de acuerdo con una
región especí
fi
ca, ya que su periodización no es absoluta; por lo tanto, no
existe un límite estipulado.
De manera subsiguiente, Orser (2000) continúa y mani
fi
esta que la
tercera etapa es reconocida como “Histórica”, debido a la intercepción
e incorporación absoluta de aspectos sociales y políticos, perceptibles
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en elementos europeos, posterior al periodo de “Conquista y durante la
colonización dentro del continente (Época Colonial y Novohispana),
cuya periodización se extiende hasta su concepción como república”
(p. 7), tomando como objeto de estudio las fuentes bibliográ
fi
cas
correspondientes a dicha temporalidad.
Orser (2000) sostiene que los restos materiales procedentes de la época
evidencian la sinergia social y cultural, intrínseca en el desarrollo, ya
que muchos de estos son el resultado de las “transformaciones entre
ambas culturas (principalmente en las comunidades indígenas), siendo
parte de las consecuencias en la adhesión de elementos europeos”. Por
ende, los contextos arqueológicos históricos, permiten centrar su estudio
en “artefactos tra
fi
cados por indígenas, arquitectura, asentamientos,
cultura de los esclavos africanos, plantas de los fuertes europeos,
ciudades coloniales, la relación de artefactos y clases económicas entre
trabajadores urbanos, entre otros” (p. 8).
Por consiguiente, se sostiene que la arqueología histórica permite
examinar diversos fenómenos sociales que implican ciencias como la
historia, la economía, la geografía, la etnohistoria, entre otros, siempre
y cuando se “[…] centre en aquellos aspectos de la cultura material
del pasado, y el modo en cómo estos han sido utilizados, con el
fi
n de
conservar las manifestaciones del desarrollo cultural y evolución social
de la época” (Orser, 2000, p. 17).
Cotidianidad
Para el desarrollo de la presente investigación, es preciso conceptualizar
la «cotidianidad», ya que es una perspectiva teórica que permite abordar
el fenómeno social estudiado, desde un lente más especí
fi
co, debido a
su aplicabilidad como una de las posturas compuestas por el método
documental e interpretativo, de acuerdo con los sucesos históricos. En los
contextos arqueológicos, los cambios cotidianos en los sitios productivos
y residenciales pueden ser estudiados cientí
fi
camente con el propósito
de indagar en la productividad material y manifestaciones culturales,
producto de una con
fi
guración cognitiva, dictaminada a partir de una
estructura social en una temporalidad especí
fi
ca. Por consiguiente, las
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expresiones materiales y la documentación histórica son el principal
objeto de estudio para comprender el funcionamiento sociocultural,
regido por hábitos, implícito en actividades cotidianas en torno a una
labor especí
fi
ca.
Para Goffman (1959), la cotidianidad permite vislumbrar aquellos
caracteres de suma relevancia, los “aspectos más rutinarios de las
nuestras interacciones” (p. 27), tomando en cuenta el resultado de aquella
sucesión de prácticas habituales dentro de una determinada espacialidad
y temporalidad.
Agnes Heller (1970) conceptualiza la cotidianidad como la formación
del hombre y su mundo, por medio de un mundo en particular y una
ontología, que a su vez in
fi
ere un “ambiente inmediato” (p. 30), siendo
atribuida a una capacidad adaptativa, por la cual el ser humano adopta
un comportamiento y lo trasmite de manera generacional y colectiva.
Dicha conceptualización, parte de valoraciones teóricas sociológicas,
principalmente abordadas desde una perspectiva marxiana, con
relación a planteamientos teóricos como la dialéctica y la estructura de
una sociedad.
En un sentido más amplio, la cotidianidad es entendida como “[…] el
conjunto de actividades que caracterizan la reproducción de los hombres
particulares, los cuales, a su vez, crean la posibilidad de la reproducción
social” (Heller, 1970, p. 25).
Gonzalbo Aizpuru (2006) se enfoca más en aquellos aspectos simbólicos
que repercuten en la realidad social, con base en una con
fi
guración
cognitiva del individuo, cuyo resultado es perceptible en la adopción de
costumbres. Además, propone que su principal
fi
nalidad es comprender
cómo es el mundo a partir de los criterios ontológicos y epistemológicos
de una sociedad, lo cual permite “[…] situar la historia de la vida
cotidiana dentro de un marco general en el que la historia social y la
historia cultural son el referente obligado.” A partir de ello, se destacan
aspectos fundamentales para la formación y “segmentación de una
sociedad” (p. 19), examinando la estrecha relación con el mundo exterior
y el ser en particular, determinando la forma en la que este va a adoptar
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su estructura cognitiva, y, por consiguiente, producir y reproducir esferas
de pensamiento, a través de un “comportamiento ya determinado por la
sociedad, lo cual puede ir desde sesgos ideológicos o psicológicos, hasta
la subsistencia dentro de un determinado entorno” (Heller, 1970, p. 26).
Por otra parte, el
fi
lósofo francés Henri Lefebvre, propone que la vida
cotidiana es ese espacio en donde convergen el individuo, la naturaleza
y la sociedad, y de manera subsecuente, al mediar entre sí, se tergiversan
para ejecutar la “con
fi
guración de esferas socioculturales, dictaminadas
por hábitos y costumbres dentro de un determinado entorno, con el
fi
n
de atender necesidades acopladas a una temporalidad especí
fi
ca” (Henri
Lefebvre, 1987. En Medina, 2009, p. 131).
Con base en lo anteriormente expuesto, es importante tomar en cuenta
cada uno de los trabajos anteriormente mencionados, con relación
a los enfoques teóricos de cotidianidad, ya que permite vislumbrar la
dinámica sociocultural que condujo la actividad siderúrgica, que, a su
vez, por medio de la actividad laboral, permitió el establecimiento de
“patrones conductuales colectivos, favoreció a la con
fi
guración espacial”
(Heller, 1970, p. 26). Por ende, para el presente estudio, dicho enfoque
debe ser comprendido por medio del enfoque teórico del paisaje cultural,
basándose en aquellas áreas de uso particular, como es el caso de:
espacios laborales destinados para la extracción y posterior tratamiento
férrico, áreas ocupacionales, espacios de explotación (a
fl
uentes o nichos
ecológicos compuestos por recursos esenciales para la producción y
manufactura), movilidad, entre otros espacios (Castellón Osegueda,
2014; Castellón Osegueda, 2018; Fernández Molina, 2005).
Asimismo, es fundamental tomar en cuenta criterios relacionados con la
identidad, es decir, las implicaciones sociales y biológicas, presentes en
una dispersión genética por parte de los pobladores locales y extranjeros
quienes propiciaron el paulatino crecimiento demográ
fi
co en la región,
a causa de la proliferación cultural y subsistencia misma que determinó
la adopción de facultades apropiadas para el desarrollo de la práctica, es
decir, la adopción de conocimientos especializados para la aplicabilidad de
técnicas para una debida explotación y tratamiento del hierro, repercutiendo
así en las capacidades cognitivas del individuo, de
fi
nidas como “ontología
humana de un mundo en particular” (Heller, 1970, p. 32).
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Por lo tanto, la siderurgia puede ser considerada como una de las
actividades laborales desarrolladas durante el siglo XVIII en el Reino
de Guatemala que in
fl
uyeron signi
fi
cativamente en el mestizaje,
particularmente en la región de Metapas, re
fl
ejando así una hibridez
cultural, manifestada y comprendida por medio de la materialidad, como
principal referente teórico de acuerdo con la comprensión del desarrollo
y dinámica sociocultural visto desde la óptica arqueológica (Heller, 1970;
Fernández Molina, 2005; Erquicia Cruz, 2013; Castellón Osegueda,
2014; Castellón Osegueda, 2018).
Materialidad
Las causas y repercusiones del desarrollo, vistas desde una teorización
sobre el “mundo de los objetos y la adhesión de un determinado
orden” (Salvi y Acuto, 2005. p. 11), permiten establecer una debida
homogenización entre la diacronía y sincronía con la dinámica social
y la constante producción y reproducción de modelos estructurales
históricamente establecidos. La “materialidad” es una perspectiva que
desempeña un rol fundamental en la arqueología, entendida como la
“disciplina de las cosas” (Bjørnar Olsen, 2012. 477. En González-Ruibal,
y Ayán Vila, 2018, p. 15), aquella que centra su estudio en la materialidad,
incorporando así, una serie de aspectos que son indispensables para
comprender un estatu quo.
La materialidad muestra la relación entre el individuo y los objetos,
mediada por un proceso histórico, el cual está en un constante dinamismo
de acuerdo con una realidad especí
fi
ca, visto como el “re
fl
ejo de la
producción y reproducción de una sociedad, con
fi
gurada a partir de las
prácticas habituales entre los agentes culturales” (p. 19), quienes, por
medio de una constante dialéctica, ejecutan la construcción identitaria
del objeto, y de manera recíproca bajo una realidad especí
fi
ca. Vaquer
(2012) continúa y considera que, la materialidad debe ser analizada
desde una perspectiva semiótica, ya que es fundamental interpretar las
relaciones entre los individuos y los objetos o el conjunto material.
Por ende, sostiene que los agentes sociales y la cultura material, están
completamente vinculados por un aspecto simbólico, de acuerdo con un
“principio de origen” (pp. 19-20).
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La cultura material se encuentra ligada a los cambios históricos por
procesos formativos de una determinada región. Es fundamental ahondar
en su valoración simbólica con base en una respectiva diacronía y
sincronía, con el propósito de establecer analogías en comparación con
la evolución social. Su absoluta e interminable relación con el tiempo,
el espacio y la cognitividad hace de la cultura material un “elemento
canalizador que brinda una lectura histórica” (González-Ruibal, y Ayán
Vila, 2018, p. 16).
Desde el marco histórico-social, la cultura material cobra un sentido propio
al momento de formular un análisis sobre las repercusiones de los objetos
en la historia dentro de una sociedad, siendo incorporada en diversas
esferas de pensamiento, a partir de hábitos conductuales o prácticas
cotidianas de uno o más individuos, “originándose principalmente en la
estructura cognitiva del ser humano como tal” (González-Ruibal, y Ayán
Vila, 2018, p. 16-17). Los objetos o la cultura material también adquieren
un sentido de propiedad, el cual alude a un determinado contexto, de
acuerdo con el desarrollo o transformación de los espacios. Estos mismos,
a su vez, están con
fi
gurados por conglomerados. Por ende, el paisaje
cultural desempeña un papel importante con respecto a la construcción
simbólica del objeto.
Para Sevillano Perea (2013), la materialidad debe ser entendida como
las “[…] entidades físicas, pero no exclusivas de las acciones humanas,
sino como el conjunto de elementos incorporados en su ontología tras
la dinamización sociocultural de conglomerados […]” (p. 776). La
materialidad como el mutuo “[…] reforzamiento que practican una
diversidad de elementos con una debida propiedad física […]” (p.
776), en donde además conforman al medioambiente y todas aquellas
actividades sociales que conllevan su génesis. Es importante precisar la
incidencia que tiene la “[…] materialidad con respecto a su signi
fi
cancia
en el registro arqueológico, concediendo a sus propiedades físicas un
signi
fi
cado de social y cultural” 482. (Sevillano Perea, 2013, pp. 776–
777), el cual fue adquirido en un determinado momento. A partir de ello,
la materialidad puede ser entendida como el resultado de un “bagaje
histórico, el cual está segmentado por aspectos fundamentales como
analogías entre criterios sociales, culturales y principalmente simbólicos”
(Smith, 2011, pp. 45–46, citado por Cardona Machado, 2016, p. 51).
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La adopción de un valor parte de consideraciones que conjugan diversos
aspectos de la realidad humana, permite crear un valor trascendental, el
cual reside en su signi
fi
cancia material, no solo por un valor utilitario,
sino más bien histórico. En torno a un marco histórico, la materialidad
cobra sentido al precisar en la delimitación temporal. Tal es el caso de la
producción férrica, durante el periodo colonial en Metapas, debido a su
signi
fi
cativa explotación mineral y producción férrica, adoptando así un
valor utilitario y simbólico-cultural.
Desarrollo de la siderurgia en el Oriente del Reino de Guatemala: Metapas
de San Salvador
En los con
fi
nes más remotos del Reino de Guatemala, precisamente en la
porción oriental del territorio, se ubicó una de las regiones más fructíferas,
referente a un entorno ambiental apropiado para la ejecución de una
producción lucrativa o de
fi
nes mercantiles. Dicha área se caracterizó
por estar conformada por una amplia palestra de recursos naturales que
propiciaron la implementación y el desarrollo de determinadas prácticas,
tanto de carácter cotidiano como de uso especial. Durante el siglo XVIII,
fue reconocida como “Metapas del Hierro”, cuya ubicación correspondía
a la Intendencia de San Salvador; histórica región productora de los
distinguidos metales plebeyos, y principalmente, el metal de la tierra. Su
destacable entorno natural atrajo a muchos de los peninsulares o europeos
que buscaban posicionarse dentro de la estructura política, social y
especialmente económica de la Nueva España, tras la explotación de dicho
recurso mineral, el cual formó parte de los tantos a
fl
oramientos férricos
en América Central, en pro de la incorporación de un naciente monopolio
centroamericano, impulsado por aquella dinámica agroexportadora en la
región (Fernández Molina, 2005).
No obstante, en sus inicios, una de las principales problemáticas se trató de
la carencia de mano de obra especializada, principalmente para los siglos
XVI y XVII, cuando predominantemente se trató de indígenas esclavos o
de repartimiento, mientras que para el siglo XVIII, se percibió un mayor
conocimiento por parte de mulatos y mestizos, bajo una determinada
remuneración o por un mismo contrato (Castellanos Rodríguez, 1995)
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El actual territorio de Metapán se encuentra ubicado en el departamento de
Santa Ana, en la porción occidental de la región salvadoreña. Colindando
al noroeste con la República de Guatemala y al noreste con Honduras. Su
cabecera municipal se aloja en el área central de la municipalidad, a una
altura de aproximadamente 470.0 metros sobre el nivel del mar, la cual
corresponde a las siguientes coordenadas geográ
fi
cas: 14°19´34.04” N y
89°27´01.97” O (Ver ilustración 1). Metapán se destaca por su riqueza
natural, con un entorno ampliamente cubierto por un frondoso follaje de
fl
ora y diversi
fi
cada fauna (Pasasin Argueta, 2017).
Ubicación geográ
fi
ca del distrito de Metapán, departamento de Santa Ana, El Salvador.
Mapa tomado de: https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Departamentos_de_El_
Salvador.svg y editado por José Orión Castellón Frech, 2025.
Metapán posee una signi
fi
cativa riqueza hídrica, ya que está rodeada
de cuerpos de agua y arroyos de gran magnitud en cuanto a su carácter
utilitario como recurso acuífero para abastecer a muchas de las áreas
destinadas para la gesta de labores cotidianas en la región, las cuales en
diversos periodos han ocupado un papel fundamental en su explotación
como un recurso más. A
fl
uentes como la Laguna de Metapán y el Lago de
Güija. Además, los a
fl
uentes del río Lempa, Guajoyo, Angue, San José,
Chimalapa, el cual desemboca en la misma laguna de Metapán, Ostúa y
Tahuilapa, con sus a
fl
uentes El Rosario y San Miguel. La diversi
fi
cada
y abundante vegetación ha propiciado la existencia de muchas de las
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José Orión Castellón Frech
industrias locales en la región centroamericana, desde sus inicios con la
explotación del xiquilite, hierro, azúcar y café, hasta la producción de
cemento y cal. (CESSA, 2002).
Su amplia palestra de recursos naturales, por ende, su recurrencia
y secuencial producción de materias primas y diversos elementos,
implícitos en la sucesión histórica del comercio centroamericano,
propició su reconocimiento a nivel regional. No obstante, uno de los más
destacados fue su histórica producción minera. En un principio, la minería
metapaneca, resultó estar con
fi
gurada por técnicas y métodos primitivos.
Su explotación demostró ser ostentosa y relativamente sencilla, ya
que la recolección del mineral era ejecutada de manera super
fi
cial o a
profundidades leves (Castellanos Rodríguez, 1995).
Según Castellanos Rodríguez (1995), la indumentaria estaba conformada
por herramientas de muy poca complejidad, tal y como almádanas de
hierro con un cabo largo de madera, el cual permitía agotar los núcleos
líticos. Asimismo, para obtener mayores cantidades del mineral, se hacía
necesaria la elaboración de minas abiertas, para las cuales se utilizaban
barras de hierro. En primera instancia, lo anteriormente mencionado
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permite dilucidar las razones concretas de su elevado precio, tanto por la
ardua explotación de recursos naturales, enfrentándose a una constante
e intensi
fi
cada producción, como de manera subsecuente la demandante
mano de obra (Fernández Molina, 2005).
Fernández Molina (2005) destaca, acerca de su laboriosa explotación,
la exigencia de madera su
fi
ciente para una frecuente producción, la cual
se trató de una actividad de sumo riesgo y di
fi
cultad ante la época de
invierno tropical, y a su vez, complicaba el trabajo en la concavidad a
cielo abierto, por lo que resultó ser necesaria la elaboración de desagües,
añadidos al mecanismo de explotación.
El mineral obtenido era reducido a pequeños pedruscos por medio de la
utilización de almádana para así, posteriormente, pasar por un proceso
llamado “refogado” o “sangrado” consistía en la elaboración de un
agujero de forma esférica y de super
fi
cie cóncava en el suelo, en donde
se colocaban de manera superpuesta los pedruscos de mineral y leña,
dejando un hueco en el centro, con el objetivo de encender el fuego
(Erquicia Cruz, 2013). Castellanos Rodríguez (1995) menciona acerca
de este mecanismo: “[…] Si el terreno lo permitía se hacían los hoyos
cerca de una barranca, y se abría un túnel horizontal para efecto de
ventilación y que el aire actuara como fuelle a
fi
n de avivar el fuego […]”,
y así posteriormente, el material era colocado sobre la leña (Castellanos
Rodríguez, 1995, p. 330).
Fernández Molina (2005), señala que el “refogar”, popularmente
reconocido en Centroamérica del siglo XVIII, era fundamental
precisamente porque el mineral en bruto debía perder la cantidad
su
fi
ciente de agua y material orgánico. Posteriormente, este mismo era
llevado al ingenio o fragua, en donde se ejecutaba el resto del proceso de
fundición y amoldamiento del hierro.
Estos hornos estaban conformados por muros de una vara (0.83 cm) de
alto y una vara de circunferencia; al interior se elaboraba una concavidad
de un tercio de vara, la cual permitía la concentración del metal fundido;
además, poseían una abertura o boca para la extracción de la escoria. Un
elemento fundamental era la abertura tubular conocida como “alcherebiz”
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o “alquiribuz”, la cual permitía el ingreso de la corriente de aire al horno
provocada por “barquines” o “fuelles”, ubicados a un costado del horno,
dentro del ingenio. Estos fuelles cumplían el proceso de combustión para
la fundición del mineral en la ferrería, constantemente impulsados por una
noria que producía energía hidráulica. Este último proceso era conocido en
Centroamérica como “soplo”. Dentro del horno se colocaban de manera
superpuesta capas alternas de carbón vegetal y mineral férrico. El mineral era
colocado en una posición a manera de estar recargado en una pared opuesta a
la ubicación del “alquiribuz”, con el objetivo de evitar algún tipo de bloqueo
en el acceso del aire. Luego de haber colocado cada uno de los elementos
necesarios, se iniciaba con el proceso de fundición mediante la constante
interacción del fuego, el aire y el material expuesto a unas temperaturas que
oscilaban entre los 960, 1063 y 1540 °C (Fernández Molina, 2005)..
Posterior a su fundición, el material era extraído haciendo uso de pinzas
metálicas de gran dimensión, y se procedía con la forja, haciendo uso de
un “martinete”, por medio de un constante proceso de percusión directa
adjunto a un yunque. El martinete era impulsado por una segunda noria,
la cual funcionaba por medio de energía hidráulica. No obstante, luego
de este último paso, se sometía a un proceso de reducción, para el cual se
requería de un nuevo soplo para solidi
fi
car el hierro y obtener una mayor
maleabilidad, para lo que se requería de un molde de hierro agujerado,
también llamado “greda”, con el propósito de reducirlo a “hilo”, o metal
fundido [ver Ilustración 2] (Castellanos Rodríguez, 1995).
Distribución espacial de maquinaria al interior del ingenio de hierro. De izquierda a derecha:
Caída de agua, noria, martinete y yunque, horno y fuelle. Elaborado por: José Orión Castellón
Frech, 2021.
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Uno de los aspectos fundamentales para comprender el desarrollo de
la práctica, es su origen, el cual remite a uno de los personajes más
in
fl
uyentes para la implantación de la práctica en el histórico Reino de
Guatemala, especí
fi
camente en la región de Metapas durante el siglo
XVII. don Marcelo Flores de Mogollón; descendiente de una familia
de hidalgos vecinos de la región de Sevilla, con un padre escribano del
mismo Tribunal de la Santa Inquisición. Para el año de 1683, Mogollón
obtuvo una Real Cédula para la Casa de Contratación de Sevilla, la cual
le permitía pasar por Santiago de los Caballeros (la entonces Ciudad de
Guatemala), ya que su esposa Francisca Godoy y Guzmán era natural de
dicha ciudad (Fernández Molina, 2005).
Don Marcelo Flores de Mogollón, como descendiente de una familia
con un determinado prestigio social, siendo un peninsular y dotado del
conocimiento minero. Para mediados de la segunda mitad del siglo XVII,
estaba a cargo del Real de Minas de Nueva Zaragoza, región cercana
a Ocotepeque, bajo el título de “Alcalde Mayor”. De esta manera, se
involucró en el ambiente de la minería centroamericana durante la época
colonial. No obstante, el aspecto más relevante de don Marcelo Flores
de Mogollón fue su particular interés por los yacimientos de plata en la
porción noroccidental del actual territorio salvadoreño. Para Fernández
Molina (2005), su destacable reconocimiento por riquezas minerales es
fomentada desde periodos tempranos, uno de ellos es detallado de la
siguiente manera:
En mayo de 1544 Cristóbal Lobo se obligó a “cavar y ahondar”
hasta dos “estados” de profundidad, unos 250 pasos, en dos minas
de plata que tenía Diego Sánchez en jurisdicción del pueblo de
Metapas. A cambio de cumplir con lo prometido en el término de
cuatro meses, Lobo recibiría la mitad del metal extraído una vez
completado el trabajo. Sánchez tenía otros mineros vecinos, lo que
demuestra que desde las primeras generaciones de conquistadores
se exploraron las riquezas minerales de la región (Fernández
Molina, 2005, p. 64).
El interés de Marcelo Flores de Mogollón rindió frutos a partir del
hallazgo de una veta de liga plomosa en el Cerro Tecomapa, ubicado
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especí
fi
camente a dos leguas de los pueblos San Pedro y Santiago de
Metapas. Dicho hallazgo es reconocido, a partir de una Real Provisión
por parte de la Audiencia el 11 de noviembre de 1695, otorgada a Marcelo
Flores de Mogollón. Dentro de esta misma, se le concedió la posesión
del río Amayo y los nichos ecológicos que se encontraban en las áreas
circundantes, con el objetivo de obtener la madera dentro de la zona,
señalando que “Metapas, jurisdicción de Santa Ana, Alcaldía Mayor de
San Salvador, continuaba siendo un distrito minero, aunque no se pudo
localizar ninguna información sobre su evolución” (Fernández Molina,
2005, p. 64).
Uno de los datos más relevantes de este registro se trata de la posesión
de dichos recursos, a bene
fi
cio propio para el funcionamiento de la
nueva mina “La Concepción” (nombre acuñado por el mismo Marcelo
Flores de Mogollón). Dos años después, Marcelo Flores de Mogollón
durante 1697 reportó a tres leguas de la mina “La Concepción” una veta
más de plomo, la cual estaba “encajonad(a) en antimonio”. Dicha mina
recibió el nombre de “La Calera”, cuyo derecho fue complementado a
inicios del siglo XVIII, especí
fi
camente en 1714, tras la compra de “[…]
cuatro caballerías y doce cuerdas de tierra alrededor de la misma […]”
(Fernández Molina, 2005, p. 64).
De acuerdo con Fernández Molina (2005), el interés de Marcelo Flores
de Mogollón por las minas de plomo es atribuido a su requerimiento en
la importante actividad argentífera, ya que, la incorporación de plomo
era fundamental para el proceso químico de amalgamación de la plata,
labor con la cual Flores de Mogollón estuvo muy familiarizado, debido
a su función en el Real de Minas de Nueva Zaragoza; sin embargo,
pese a su interés por el plomo, su explotación se vio enfocada en el
hierro, de tal manera que para 1712 estaba muy bien posicionado en
la actividad siderúrgica. Tal argumento es basado en la posesión de las
minas anteriormente mencionadas, y a su vez, la mina La Calera, ubicada
en Santa Ana, y otra de la cual no se dispone de un dato preciso del
registro, únicamente su localización en “[…] Alotepeque, jurisdicción
de Chiquimula de la Sierra.”, fueron parte de una compañía formada en
conjunto con “[…] don Marcos Dávalos (o de Ávalos) y don Esteban
Lanz […]”. No obstante, dicha compañía tuvo una existencia efímera,
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ya que, posterior a su fundación, duró únicamente cinco años (Fernández
Molina, 2005, p. 65).
Don Esteban Lanz es otro de los grandes in
fl
uyentes de la instauración
siderúrgica en Metapas, ya que, posterior a 1715, descubrió la mina
“San Juan Bautista”, ubicada en el Cerro Tapado, Metapas, en conjunto
con el regidor perpetuo de la entonces Ciudad de Guatemala (Santiago
de los Caballeros), el capitán Pedro Severino López de Estrada, quien
además poseía plantaciones de xiquilite y un mismo obraje de añil. En
este proceso, también están involucrados Juan de Molina y don Domingo
de Vidaburú, para fundar el “Ingenio Nuevo”. Este último desempeñó un
papel fundamental, ya que fue asignado como asesor principal, tratándose
del “único maestro inteligente en fabricar ingenios y minería de
fi
erro en
el Reino de Guatemala” (Fernández Molina, 2005, p. 66).
El 13 de marzo de 1714, Marcelo Flores de Mogollón, en conjunto con su
yerno Carlos Sunsín de Herrera, emiten una carta al rey con el objetivo de
informar sobre los hallazgos de Mogollón; no obstante, ambos carecieron
de una respuesta. Posterior al fallecimiento de Flores de Mogollón, su
yerno Sunsín de Herrera continuó con el proceso y en 1724 solicitó “[…]
se informara al rey sobre los descubrimientos de su suegro, aparentemente
ya fallecido” (Fernández Molina, 2005, p. 68). Durante el 4 de junio del
mismo año, el tribunal realiza su aprobación, en donde únicamente se
concede el reconocimiento por haber descubierto tal región minera.
De acuerdo con Fernández Molina (2005), para el año de 1720 no se
evidencia algún tipo de incidencia en la introducción de hierro en la Ciudad
de Guatemala por parte de Marcelo Flores de Mogollón y Sunsín de Herrera,
pero se destaca la leve pero signi
fi
cativa incorporación de don Esteban
Lanz, además de otros productores, tanto locales como extranjeros.
A inicios del segundo decenio del siglo XVIII, precisamente en 1722, fray
Francisco Ximénez, en su “Historia Natural del Reino de Guatemala”,
menciona en su visita al pueblo de Sacapulas:
En aquesta Provincia de Guatemala hacia el Pueblo de Mita las hay
abundantíssimas [minas de hierro]. Y aplicados a sacarlos algunos,
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les ha sucedido lo que a todos los mineros, topar con embusteros
que les hacen gastar innutimente sus caudales, y así les ha sucedido
a estos, de modo [que] aunque se saca algún
fi
erro, no pueden
todavía resarcir lo mucho que les ha costado (Fernández Molina,
2005, p. 69).
Los dos primeros decenios del siglo XVIII fueron circunstanciales para
la práctica siderúrgica en Metapas. Es así como, a partir de ello, se
instaura el naciente monopolio del hierro; sin embargo, claramente se
encontraba en un paulatino ascenso, ya que, para 1730, los o
fi
ciales de
la Real Hacienda, mani
fi
estan la ejecución de edi
fi
caciones denominadas
“ingenios de fabricar hierro” en distintas jurisdicciones del Reyno de
Guatemala, los cuales evadían el pago del quinto correspondiente al
rey; por ende, “[…] solicitaron las autoridades de Santa Ana, Metapas,
Chiquimula, Verapaz y el Valle de Guatemala recibieran declaración
jurada de lo producido” (Fernández Molina, 2005, p. 71).
Para el año de 1730, un censo indica la existencia de tres ingenios en el
actual territorio salvadoreño. Dos de ellos correspondían a Metapán, cuyos
dueños fueron reconocidos como Juan de Medina y Julián Izquierdo, y uno
de ellos en Sonsonate, correspondiente a Enrique de Sessi y Julbi. Estos
dos últimos personajes, desempeñaron un papel fundamental, debido a
su signi
fi
cativo reconocimiento en la incorporación de la élite colonial
del histórico Reino de Guatemala a principios del siglo XVIII. Por otra
parte, un aspecto fundamental fue la exigencia de obra especializada,
ya que la región carecía de ello. Predominantemente, la mano de obra
estaba conformada por mulatos; no obstante, no dejó de estar presente
la demanda de fuerza laboral indígena por repartimiento, a cambio de
una remuneración baja. Referente a ello, Izquierdo continúa y menciona:
“[…] insuperables desperdicios y mermas que trae el manejarse esta
nueva fábrica con jente tan inexperta y mala fe por la total inopia de
maestros y operarios inteligentes” (Fernández Molina, 2005, pp. 74-75).
Alterno a ello, durante inicios del tercer decenio del siglo XVIII,
Enrique Sessi y Julbi, fue otro de los mayores in
fl
uyentes en el
reconocimiento siderúrgico del actual territorio salvadoreño. Durante
el año de 1732, ejecutó la cancelación de diez años por adelantado del
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quinto al diezmo, debido al funcionamiento de un ingenio de hierro
ubicado en Sonsonate (Fernández Molina, 2005, pp. 74-75).
En comparación con el censo realizado durante el tercer decenio del siglo
XVIII, el cual evidencia la existencia de 3 ingenios correspondientes
a la Alcaldía Mayor de San Salvador, un censo de 1746 re
fl
eja una
ascendente continuidad. Para dicho periodo, fueron identi
fi
cados un
total de 6 ingenios, algunos de ellos ubicados en San Salvador, otros
en Quezaltepeque, Sonsonate y Santa Ana. Muchos de los ingenios
permitieron que su prolongada actividad enriqueciera la persistencia de
la actividad laboral. Uno de ellos, es el Ingenio de Atapasco, ubicado
en Quetzaltepeque, cuyo ingenio estaba bajo el poder eclesiástico de la
Orden de los Dominicos (Erquicia Cruz, 2013).
La práctica siderúrgica no solamente conllevó la explotación de recursos
naturales, a favor de un abastecimiento de materia prima, sino además
una recon
fi
guración sociodemográ
fi
ca, la cual permitió la incorporación
de mestizos y mulatos, manteniendo una permanencia en la segmentación
social, en relación con los poblados indígenas que predominaban en sus
respectivas regiones. Por ende, las prácticas laborales como la minería
y la actividad siderúrgica son fundamentales para identi
fi
car aquellos
factores medulares que favorecieron la multiculturalidad de la Nueva
España (Castellón Osegueda, 2019).
Durante el siglo XVIII, el sector minero y siderúrgico esencialmente
dependía del
fi
nanciamiento de todas aquellas actividades agropecuarias,
las cuales permitían la obtención y consumo de insumos férricos; por ende,
devino el ascenso de la práctica siderúrgica en la Nueva España, tanto
por la producción y tratamiento del xiquilite como por la aplicabilidad de
herramientas para la explotación azucarera y la demanda de hierro en los
astilleros o nacientes edi
fi
caciones. El suplir cada una de las necesidades
que demandaba la práctica justi
fi
ca la ubicación estratégica de cada uno
de los yacimientos con relación a los ingenios, habiendo así un total de
4 yacimientos y 12 áreas especí
fi
cas destinadas a la explotación férrica
en el Reino de Guatemala durante la primera mitad del siglo XVIII
(Fernández Molina, 2005).
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La siderurgia generó un impacto signi
fi
cativo, ya que, durante este
mismo periodo y la segunda mitad del siglo XVIII, demográ
fi
camente
contribuyó a la propagación de los pobladores llamados “mulatos”,
quienes se destacaron notoriamente, por lo que la mano de obra indígena
y esclava pasó a generar una menor demanda. Asimismo, la popularidad
de la actividad minera en Metapán permitió reemplazar el término “Hierro
de la Tierra”, acuñando así “Hierro de Metapas” (Castellanos Rodríguez,
1995; Fernández Molina, 2005; Erquicia Cruz, 2013).
Para el año de 1740, los ingenios de hierro correspondientes a San
Juan Opico, San Salvador, Santa Ana y San José Quezaltepeque eran
abastecidos por dos minas ubicadas en la región de Metapas. Dicho
argumento es sostenido por el alcalde mayor Gálvez Corral. No
obstante, el hierro metapaneco adopta un mayor protagonismo a partir
de la segunda mitad del siglo XVIII cuando, durante la última década
de 1760, se debate la competencia del comercio ultramarino, debido a la
diferencia en los costos del transporte. Una de las mayores di
fi
cultades
en el comercio del hierro para
fi
nales del siglo XVII se debió a la
esporádica relación existente entre Metapas y la metrópoli. No obstante,
el panorama se diversi
fi
có para la primera mitad del siglo XVIII, debido
a la introducción de técnicas de explotación por parte de peninsulares,
logrando así una expansión tan amplia y diversi
fi
cada que se extendía
desde las alcaldías mayores de San Salvador y Sonsonate hasta el
Altiplano de Guatemala (Fernández Molina, 1996)
Tomando en cuenta los costos de extracción, tratamiento, producción y
movilidad, para la segunda mitad del siglo XVIII, se procedió a modi
fi
car
el método de obtención, pero no la técnica, con el propósito de ejecutar
una producción mucho más económica y e
fi
caz, conservando el proceso
original. La compra de carbón y el mineral férrico ya refogado, para ser
tratado en los ingenios, se convirtió en un método mucho más favorable
(Fernández Molina, 1996)
Es así como para el séptimo decenio del siglo XVIII, tras la ejecución
de la construcción de Nueva Guatemala de Asunción, la explotación de
hierro en Metapas percibe una ascendente y signi
fi
cativa producción,
tras el a
fl
oramiento de diversos ingenios, tanto de propietarios locales,
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como foráneos, quienes se acomodaron muy bien en la élite regional,
debido a la efervescente economía del naciente monopolio del Reyno de
Guatemala y la Nueva España (Castellanos Rodríguez, 1995; Fernández
Molina, 2005; Erquicia Cruz, 2013). Su creciente y constante desarrollo
férrico, propició el reconocimiento a nivel regional, destacándose así
como una de las regiones mineras más fructíferas en la denominada
Audiencia de los Con
fi
nes a
fi
nales del siglo XVII e inicios del XVIII,
y siglos posteriores, siendo reconocida no solo por productores ladinos
o arrendatarios, sino además por viajeros y censos provinciales, en
los cuales se destacan como grandes edi
fi
caciones conocidas como
“ingenios” o “fraguas” y “herreros” especialistas.
Identidad metapaneca: Reconocimientos del hierro de la tierra y los
metales plebeyos
En sus descripciones más tempranas, Metapas del Fierro se destaca
como una de las regiones más fructíferas en cuanto a recursos naturales
que desempeñaron un aspecto medular dentro de la economía regional
del histórico Reino de Guatemala.
Durante el periodo de 1768 a 1770, el arzobispo de Guatemala Pedro
Cortés y Larraz (1958), en su “Descripción Geográ
fi
co-Moral de la
diócesis de Goathemala”, elabora una descripción de la histórica región
de Metapas, en donde yacen ingenios de hierro, cuya magnitud es de
considerable valor en cuanto a la magni
fi
cencia y productividad en la
región. Cada una de dichas descripciones permiten dilucidar acerca del
temprano desarrollo en la inhóspita región, de tal manera que en su mapa
del Curato de Metapas (Ver Ilustración 3), mani
fi
esta cada una de su
extensa territorialidad y riqueza natural. Además, destaca la existencia
de “[…] treinta y ocho haciendas, con inclusión de un ingenio para
fabricar hierro” (Larraz, 1921, p. 227).
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Mapa del Curato de Metapas, dentro de la Diócesis de Goathemala para el año de 1770, elaborado
por el arzobispo de Guatemala Pedro Cortés y Larraz. Descrito en “Descripción Geográ
fi
ca-
Moral de la Diócesis de Goathemala”, por Pedro Cortés y Larraz. Tomado de: PARES | Archivos
Españoles.
Referente a su composición demográ
fi
ca, identi
fi
ca un total de 15 familias
de indios con un total de 41 personas y 86 familias de ladinos, habiendo así
un resultado general de 671 personas. Referente a sus valles, los primeros
de ellos, San Juan y Montenegro, están conformados por 45 familias y
424 personas; Lanqui, Espinal y haciendas de algunos españoles, un total
de 42 familias con 390 personas; en el Valle Capulín hay 2 familias con
29 personas. De tal manera que la Parroquia de Metapas se conforma por
190 familias con un total de 1.555 personas. Cortés y Larraz menciona:
“[…] en las que hay muy poco indios y la mayor parte de la gente en
despoblados […]” (Cortés y Larraz, 1958, p. 259). La riqueza natural de
la región no es un aspecto que pasa desapercibido para Cortés y Larraz
(1958), de manera que, destaca el cultivo de maíz, frutas, caña, verduras,
frijoles, algodón, ganadería y precisamente menciona “[…] hay fábricas
de hierro”.
Por otra parte, durante el año de 1807, el Corregidor Intendente de la
Provincia de San Salvador, Antonio Gutiérrez y Ulloa (1926), publicó
su obra literaria titulada “Estado General de la Provincia de San
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Salvador”, en donde menciona acerca de Metapán, ser el único Curato
del Partido, conformado por 2 pueblos, 9 valles y 55 haciendas. Además,
un total de 1.581 españoles, 462 indios y 2.160 mulatos. Esto último es
circunstancial para dimensionar la densidad demográ
fi
ca y diversidad
cultural por la que estuvo conformada la región de Metapas, ya que,
en toda la intendencia de San Salvador, el partido de Metapán percibió
la mayor cantidad de habitantes criollos y españoles, lo cual se debió
a su amplia palestra comercial, dentro de la cual se destaca el hierro.
Referente al ambiente, lo caracteriza como un espacio de sumo provecho
para la actividad agrícola, cuya dinámica social propició el comercio
y la ejecución de una diversidad de labores en torno a la producción
local, en donde, además, propicia el abastecimiento del recurso acuífero,
temperaturas ambientales intermitentes, entre otras particularidades. En
cuanto a la explotación de tierras, él las de
fi
ne como “labores de sus
campos” y cita particularmente a “[…] los vene
fi
cios de Minas de hierro
de que abunda, cuyo metal, comercian […]”. Adicional a ello, hace
énfasis en el comercio de añil, arroz y azúcar (p. 93).
Con respecto a las haciendas que conforman a Metapas, destacan las
productoras de hierro, reconocidas bajo el título de “Yngenio de Hierro”,
las cuales son las siguientes: Carmen, San Francisco de Paula, San Josef,
San Miguel, San Rafael y Santa Gertrudis (Gutiérrez y Ulloa, 1926, pp.
94-96). Dentro de dicho registro, Gutiérrez y Ulloa hacen una compilación
de aquellos frutos o recursos a favor del comercio anual para 1786, y en
el caso de Metapán, especí
fi
camente en cuanto a la producción férrica,
estimó un total de 3.240 quintales (el quintal es de
fi
nido por Ulloa por
un total de “Cuatro arrovas castellanas”)
1
, sumando un valor total de
51.840 pesos. Dicho ingreso por año, permite comprender la signi
fi
cativa
producción de hierro en la región. Adjunto a ello, dentro de un censo
poblacional, de
fi
ne cada una de las labores ejecutadas dentro de los
Partidos y en el de Metapán identi
fi
ca un total de 45 herreros (p. 170).
A principios del cuarto decenio del siglo XVIII, el viajero inglés Robert
Dunlop, realizó una descripción de las minas de Metapas, de
fi
niendo su
1 En el sistema de pesos y medidas del Reino de Guatemala, un quintal equivalía
exactamente a cuatro arrobas castellanas (aproximadamente 100 libras o 46 kilo-
gramos). La grafía “arrova” se mantiene en el texto respetando la fuente primaria
de Gutiérrez y Ulloa (1926), donde se documenta la transición de las medidas
coloniales a los estándares del siglo XIX.
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mineral como “[…] un metal más puro y maleable que cualquier metal
importado de Europa […]”. Fernández Molina (2005), cita a John Baily,
quien una década después envió una muestra de hierro, procedente
de Metapas, y con base en ello, menciona ser “[…]adecuado para la
fabricación de acero
fi
no, aproximándose mucho en este respecto al
famoso Wootz de la India […]” (p. 98).
Durante el año de 1857 el clérigo Domingo Juarros realiza una descripción
titulada “Compendio de la Historia de la Ciudad de Guatemala”,
constituida por una diversidad de elementos sociales, culturales y
políticos, los cuales van desde aspectos generales, hasta aquellos de
suma particularidad dentro de la región centroamericana; sin embargo,
su mayor enfoque se centra en la Ciudad de Guatemala, en donde elaboró
una breve descripción de la Provincia de San Salvador o, como también
la denomina, “Cuscatlán”. En dicha provincia, describe la existencia de
131.270 habitantes, la cual está constituida por una diversidad étnica
(españoles, mulatos, mestizos e indígenas) y predomina la “lengua
castellana”. Cuenta con 121 pueblos, conformados por una diversidad de
haciendas y valles (p. 29).
Domingo Juarros (1857), continúa y menciona acerca de los recursos,
la producción y el comercio, identi
fi
cando así: madera, frutas, gomas,
animales, añil y hace énfasis en “[…] hay minas de plata,
fi
erro, plomo
ocre, yeso y bol” (p. 29).
Con respecto a Santa Ana, menciona estar constituida por 19 pueblos,
habiendo una población total de 11.000 habitantes. Dentro de estos
se identi
fi
ca Santa Ana Grande, el cual consta de ser el pueblo con
una mayor cantidad de habitantes, con un total de 6,000, conformada
por 558 españoles, 5.417 ladinos, y según Juarros (1857), “[…] y los
demás indios […]” (con base en los datos anteriormente mencionados,
estadísticamente habría un total de 25 indígenas) (p. 30).
Domingo Juarros (1857), de manera subsiguiente, de
fi
ne el pueblo de
San Pedro:
San Pedro Metapas: uno de los mejores pueblos de este partido: su
iglesia matriz es de muy buena fabrica y ricamente adornada y bien
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proveida: es cabeza de curato: tiene 4,000 vecinos; de éstos los 400
son indios y viven en barrio separado. Gobiérnanlo dos Alcaldes
españoles, que nombra el Intendente. Su comercio consiste en añil,
azúcar, maíz y otros frutos: hay en sus contornos cinco ingenios
de
fi
erro, en que se trabajan más de 1,500 quintales al año. A dos
leguas de largo y tres de ancho, cria muchas mojarras y otros peces:
en ella tiene su origen el famoso rio de Lempa (p. 31).
Durante el año de 1880, W. Goodyear llevó a cabo una descripción de las
áreas productoras de hierro dentro de la región salvadoreña, adjudicando
que los minerales férricos metapanecos “[…] pudieran ofrecer el mejor
hierro maleable conocido hasta hoy […]” (Fernández Molina 2005, p. 98).
Por otra parte, durante el año de 1957, el historiador Jorge Lardé y Larín,
en su obra “El Salvador: historia de sus villas, pueblos y ciudades”, elabora
una descripción de Metapán. Lardé y Larín (1957), menciona acerca de la
composición étnica de su prístina población, la cual corresponde a grupos
culturales “mayachortis”. Además, debido a la in
fl
uencia pipil o yaquis,
son adoptados conceptos en náhuat, cuyo valor repercute en la transición
poblacional de la región. De manera que, etimológicamente, “Metapán”
se deriva del náhuat met = (magüey) y apan = (río), de
fi
niéndose como
“río del maguey” (p. 258).
No obstante, Lardé y Larín (1957), continúa y re
fi
ere a un informe
municipal dictaminado para el 4 de diciembre del año de 1858,
mencionando así:
[…] se lanza la peregrina y festinada etimología de que “Metapán
quiere decir, metales tapados”, lo cual no pasa de ser una puerilidad o
una tomadura de pelo para los incautos. En efecto, Metapán vendría
meta, metales, y tapan, tapados, ocultos (Larín, 1957, p. 258).
Adicionalmente, Lardé y Larín (1957), destaca otro suceso circunstancial,
referente a la producción férrica de Metapán durante el año de 1740, el
cual fue ejecutado por el alcalde mayor de San Salvador, don Manuel de
Gálvez Corral, en donde se hace mención de “[…] dos minas de metal de
fi
erro, que sirven a los ingenios de
fi
erro, y se hallan las dichas minas a
corta distancia de estos pueblos” (p. 262).
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El reconocimiento de minas de hierro no termina de ser ajeno en cada
una de las declaraciones que conforman los informes de la intendencia,
de tal manera que continúa y describe la ejecución de un incendio durante
1763 en donde el “templo” y la casa de “doña Juana Chávez” fueron los
únicos inmuebles que resistieron ante dicha catástrofe. Adjunto a ello, en
el testamento del padre cura don Francisco Javier Estrada, quien durante
tal suceso, perdió una signi
fi
cativa cantidad de “plata labrada”, ya que,
se fundió y formó una corriente que “[…] salió hasta la calle inmediata
a la casa parroquial, las alhajas de este metal que dejó a bene
fi
cio de sus
herederos fue preciso pesarlas a romana” (Lardé y Larín ,1957, p. 263).
En el año de 1998, el historiador Santiago Barberena, en su publicación
“Monografías Departamentales”, sostiene lo anteriormente propuesto por
Lardé y Larín (1957), acerca del topónimo de Metapán. De igual manera,
estipula un total de 15,072 habitantes. Adjunto a ello, de
fi
ne cada uno de
los cantones y diversas particularidades que los conforman, destacando
así la existencia de actividad minera, particularmente en los ingenios de
hierro de Rafael (Cantón de Santa Rita), San Miguel (Cantón San Miguel),
Santa Gertrudis (dentro del Cantón El Zapote), San Francisco (en el
Cantón del Brujo) y San José Ingenio (Cantón de San José), destacando
así, un histórico reconocimiento por su signi
fi
cativa producción férrica.
Además, de un alto potencial minero por entidades que desempeñaron
un papel fundamental dentro del monopolio centroamericano, aludiendo
así a los señores Luna Hermanos, quienes ejecutaron una signi
fi
cativa
explotación y actividad siderúrgica dentro del Ingenio de Hierro San
José, además de las importantes minas de cobre de El Carmen y El Brujo,
las minas de oro de San Andrés y San Isidro, y la mina de hierro y plomo
de Santa Gertrudis (Barberena, 1998, p. 174).
Con base en lo anterior, Barberena (1998), menciona: “De estas minas
ya se ha sacado lo su
fi
ciente para reconocer su gran importancia, pero
hay otras varias que aún no han sido ensayadas”, en consideración a su
evidente riqueza mineral, a partir de su extensión territorial.
Un aspecto de suma relevancia es la variación en la
fl
uctuación y
tasación del hierro metapaneco, tanto dentro del comercio local como
su incorporación en el monopolio centroamericano. La constante
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interacción mercantil fue un factor determinante en cuanto a la in
fl
ación
y demanda del mineral férrico. Por lo tanto, su ascendente producción
incrementó de manera signi
fi
cativa para principios del siglo XIX, ya
que, dentro de un registro de las declaraciones para el pago del quinto
y guías de comercio (en quintales), desde 1778 a 1820, re
fl
eja la
efervescente producción férrica, identi
fi
cándose así el periodo que dista
de 1808 a 1812 como los ciclos de mayor producción. Dicha
fl
uctuación
puede ser comprendida como un “indicador de las tendencias”, en vez
de un “re
fl
ejo del
fi
el volumen”. Además, considera que gran parte de
la producción, estuvo bajo el incentivo de la construcción de Asunción
de Guatemala y por “[…] la guerra de independencia de los Estados
Unidos a
fi
nales de la década de 1770 y principios de la de 1780 […]”
(Fernández Molina, 2005, p. 103).
A pesar de la escasa información sobre la producción férrica en la región,
los ingenios de hierro tuvieron una signi
fi
cativa actividad dentro de los
registros del pago del quinto; por ende, un registro certero acerca de los
propietarios de 7 ingenios de hierro dentro de Metapas con sus debidos
dueños, arrendatarios y vecinos durante un periodo de tiempo entre
1771 y 1807. La efervescencia de la explotación minera en Metapas,
puede resultar perceptible en la edi
fi
cación de ingenios. Desde los más
tempranos para el año de 1770, en donde se posiciona el primero de los
más signi
fi
cativos ciclos de explotación férrica, debido al abastecimiento
de hierro, en pro de la edi
fi
cación de Asunción de Guatemala,
identi
fi
cándose así los ingenios de San Rafael, Santa Gertrudis y el más
temprano de ellos, el ingenio Nuestra Señora del Carmen (Fernández
Molina, 2005, p. 103).
Asimismo, para el octavo decenio del siglo XVIII, se conciben los
ingenios de hierro San Miguel, San José y Santa Bárbara, cuyo
surgimiento es atribuido al abastecimiento del material férrico, tras la
demanda del auge añilero durante la guerra con Gran Bretaña, debido a
la “[…] incapacidad del sistema imperial de comercio de proveer metal
requerido […]” (p. 113).
A pesar de su constante
fl
uctuación, el paulatino ascenso, a favor de
su incorporación dentro del monopolio ístmico, es adjudicado a la
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conservación del método y tecnología minera e hidráulica a nivel
regional, ya que cumplía con aquellos requisitos al momento de suplir
la necesidad del mineral, ante la carencia a causa de la obstaculización
mercantil europea. Por otra parte, llama la atención uno de los sucesos
más signi
fi
cativos dentro de la región de Metapas, y este precisamente
es atribuido a un alza demográ
fi
ca precisamente por el decaimiento de
actividades alternas a la siderurgia, como la actividad agrícola y ganadera
afectadas por plagas; una de ellas corresponde al añil y, probablemente, a
la fragmentación del comercio europeo (Fernández Molina, 2005)
El censo de 1807 re
fl
eja un alza poblacional entre mulatos (2.160),
indígenas (462) y españoles (1.581). Fernández Molina (2005), considera
que esta “evolución poblacional”, en la región de Metapas, formó parte
de aquellas regiones prometedoras, cuya economía estaba en pleno
fortalecimiento, con base en los recursos naturales in situ. Siendo Metapas,
el Partido con mayor cantidad de españoles dentro de la región para dicho
período. De acuerdo con lo anterior, es preciso destacar la signi
fi
cativa
presencia de españoles en la región, ya que, predominantemente para
1807, en contraste con 1769, coexistían en Metapas una cantidad mayor,
en comparación con la capital de la Intendencia. No solamente de
españoles, sino más bien de mulatos e indígenas.
Según Fernández Molina (2005), según este signi
fi
cativo incremento
demográ
fi
co, dentro de las especulaciones puede argüirse en las causas
de dicho suceso, para así argumentar una migración debido a la misma
depresión económica, a causa del decaimiento de las zonas añileras.
Es preciso destacar las relaciones sociales derivadas de la producción
férrica, ya que muchos de los propietarios o arrendatarios de ingenios
debían sostener un vínculo sólido con aquellos pequeños comerciantes,
herreros y transportistas, ya que cada uno de ellos desempeñaba un papel
fundamental, desde la producción de herramientas o utensilios para uso
cotidiano, especialmente para el desarrollo de actividades laborales como
clavos, herraduras y machetes, para ser posteriormente transportados y
fi
nalmente comercializados.
A partir de ello, es preciso destacar el ingreso de “[…] 275 libras de
herraduras y 86 docenas de cuchillos provenientes de San Salvador,
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productos que nunca habían sido introducidos con anterioridad […]” a la
ciudad de Guatemala durante el año de 1816 (Fernández Molina, 2005,
p. 122).
Castellón Osegueda (2019), considera que el estrato artesanal desempeñó
un papel medular dentro de la con
fi
guración del tejido social colonial, ya
que muchas de las actividades que implicaban mano de obra o alcance
regional estuvieron bajo su potestad, debido a la incidencia que podía
llegar a poseer tras la movilidad. Por lo tanto, es fundamental considerar
que muchos de los indígenas o mulatos libres fueron partícipes dentro de
las actividades siderúrgicas, tanto dentro como fuera de los ingenios, en
torno al movimiento productivo y mercantil del hierro a nivel regional.
Un dato de suma particularidad es la dinámica laboral que desempeñó
la fabricación del acero, ya que, sobre el metal, requiere de un proceso
mucho más laborioso, y este último elemento es considerado como “[…]
el producto más importante que elaboraban los herreros metapanecos
[…]” (Fernández Molina, 2005, p. 122).
El proceso de fabricación del acero estaba conformado por un proceso
reconocido como “cementación”, el cual consiste en la incorporación
de carbono sobre la capa super
fi
cial de hierro, interactuando con la
atmósfera, para así obtener una mayor dureza y resistencia al momento
de su maleabilidad. El núcleo de dicho elemento conserva su capacidad
al momento de percibir la energía de un determinado impacto. Es preciso
destacar dos aspectos fundamentales durante el proceso; el primero de
ellos consta de “[…] la absorción de carbono en la super
fi
cie […]”, y el
segundo factor repercute en la “[…] velocidad de difusión hacia el metal”.
Dicho proceso tiene como parámetro las temperaturas que oscilan entre
850 y 950 °C (Luna Álvarez, 2005, p. 46).
Este proceso sería efectuado durante su tratamiento dentro de la fragua,
para ser posteriormente tratado con yunque y martillo. De manera
subsecuente, Fernández Molina (2005), basado en los registros por el pago
de impuestos durante los años de 1803, 1804, 1808, 1809, 1813, 1818
y 1820, del acero producido en Metapas, resultó evidenciar cantidades
signi
fi
cativas, por lo que demuestra una importante actividad artesanal
por parte de herreros locales. Con base a ello, se debe hacer hincapié en
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la dinámica colectiva férrica, ya que, dentro del mercado artesanal, la
existencia de los 45 herreros (registrados dentro del censo del Intendente
Gutiérrez y Ulloa) permite formular una puesta en valor del papel que
desempeñaron dentro de un comercio cotidiano. El valor del acero, en
comparación con el del hierro,
fl
uctuaba entre los 25 y 27 pesos, mientras
que el del hierro oscilaba entre los 10 y 12 pesos (Fernández Molina,
2005).
El registro de guías y tornaguías para los años de 1803, 1804, 1806, 1808
y 1809 ha permitido vislumbrar las áreas y cantidades de consumo del
mineral metapaneco. A partir de ello, se detalla la distribución porcentual
del hierro proveniente de Metapas, calculado a partir de las cargas
registradas en arrobas, con destino a las intendencias y partidos de estas,
ubicados en las áreas circundantes de la región por medio de vía terrestre
(Fernández Molina, 2005)..
Dicha actividad es detallada de la siguiente manera: (0,6), León (1,45),
Comayagua (1,44), Tonacatepeque (0,04), Chalatenango (0,31),
Apastepeque (0,15), Zacatecoluca (1,6), Sonsonate (1,06), San Miguel
(4,66), San Vicente (1,77), San Salvador (18,41), Chiquimula (0,13),
Salamá (0,6), Esquipulas (0,46), Quezaltenango (0,73), Antigua (13,83)
y Ciudad de Guatemala (52,37). A partir de estos datos estadísticos,
puede argumentarse un futuro prometedor para la siderurgia metapaneca;
no obstante, su dinámica socio-comercial estaría condicionada por el
establecimiento de un mercado internacional; así pues, una serie de
sucesos dictaminarían su camino.
A pesar de ello, para el año de 1810, se elaboró una campana con un
diámetro de un metro y una altura mayor a un metro, acompañada de
una decoración suntuosa y sus respectivos grabados, los cuales aluden
a su fecha y sitio de procedencia. Esta misma, representa el auge de la
actividad siderúrgica en Metapas del Fierro, por ende, estuvo destinada a
formar parte de los elementos más particulares de dicho periodo, siendo la
reconocida Iglesia de San Pedro Apóstol (iglesia de Metapas) un elemento
emblemático en conmemoración a ello. Este último es reconocido como
“Campana del Socorro” [Ver Ilustración 4] (Fernández Molina, 2005).
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Fotografía de la “Campana del Socorro”, ubicada en la Iglesia de San Pedro Apóstol,
Metapán, Santa Ana, El Salvador. Fotografía tomada por Nelson Crisóstomo.
Obtenida de “El Salvador. Nacimiento de un Estado” por Banco Agrícola, 2020.
Un suceso de gran envergadura como las Guerras Napoleónicas propició
el signi
fi
cativo ascenso de la explotación férrica metapaneca debido a la
interrupción de las vías del comercio transatlántico. A principios del siglo
XIX se gestó la mayor producción y comercio de hierro, reconociendo
un alza durante los años de 1810, 1812 y 1814. No obstante, la actividad
siderúrgica estuvo estrictamente ligada con diversos acontecimientos
políticos, cuya dinámica tuvo repercusiones signi
fi
cativas en la estructura
social del entonces Reino de Guatemala durante la época colonial, hasta
su descenso al ser
fi
nalizada y llegar a la independencia durante 1821,
y años posteriores en donde escasamente se prolongó su explotación
(Fernández Molina, 2005)..
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Consideraciones
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inales
La revisión histórica sobre la explotación férrica en la región metapaneca
permite comprender aspectos fundamentales sobre desarrollo económico,
político e industrial dentro de la intendencia de San Salvador, de acuerdo
con una determinada cronología, partiendo del siglo XVII al siglo
XVIII, en donde dicha práctica se establece como una de las actividades
laborales predominantes en la región de Metapas, hasta su punto álgido
durante
fi
nales e inicios del siglo XIX. Su reconocimiento en el entonces
Reino de Guatemala y posicionamiento mercantil condujo a la adopción
de elementos esenciales para la construcción identitaria, a partir de
actividades vinculadas con la producción laboral y la cotidianidad,
generando así una puesta en valor dentro del istmo centroamericano
re
fl
ejado en la actualidad en elementos simbólicos que atestiguan un
efervescente período de bonanza, hasta su decaimiento posterior al
proceso de independencia centroamericana.
La cultura material del hierro procedente de los mismos ingenios de
hierro metapaneco permitió establecer una construcción identitaria
sólida a nivel histórico. No obstante, a pesar de su probable ausencia o
desconocimiento local por parte de nuevas generaciones, los antiguos
ingenios de hierro permiten formar parte de una ventana hacia el glorioso
pasado histórico de Metapas del Fierro.
La amplia palestra de herramientas tecnológicas o digitales permite la
construcción de métodos documentales para
fi
nes preventivos o de rescate,
debido a una diversidad de causas que atentan contra la existencia de los
bienes patrimoniales, tanto muebles como inmuebles, especí
fi
camente
aquellas zonas de acceso restringido, en donde las limitaciones exceden
los criterios de seguridad y atentan contra la seguridad del patrimonio
local. Se debe tomar en cuenta una diversidad de elementos asociados
con la misma construcción documental, enfatizando en aquellos
aspectos multidisciplinarios, los cuales contribuyen a la investigación
arqueológica, en pro de un reconocimiento regional e internacional.
En conclusión, la investigación arqueológica permite vislumbrar aquellos
elementos materiales implícitos en una realidad común, cuya funcionalidad
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se ha visto e incorporado en las diversas esferas de pensamiento, bajo
un mismo interés: la subsistencia social. La cotidianidad, es una de las
características que per
fi
la no solamente a individuos particulares, sino
más bien a conglomerados que se ven fuertemente arraigados por un
histórico pasado común, que a su vez remite a una memoria, implícita en
una identidad.
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