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Carlos Flores Manzano
Peregrinaje e hibridación en Mesoamérica: el
caso del río Lempa y el lago de Güija
Pilgrimage and hybridization in Mesoamerica: the case of the
Lempa River and Lake Güija
DOI: https://doi.org/10.5377/koot.v1i19.22073
URI: https://hdl.handle.net/11298/1436
Candidato Doctoral Yale University
https://orcid.org/0000-0001-7278-0286
carlos.
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loresmanzano@yale.edu
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Resumen
Este artículo explora el papel del río Lempa y el lago Güija como
nodos clave de peregrinación e hibridación cultural en Mesoamérica.
Al analizar evidencias arqueológicas, etnohistóricas e iconográ
fi
cas,
se argumenta que estos cuerpos de agua sirvieron como paisajes
sagrados donde diversos grupos mesoamericanos, incluidos los mayas,
nahua-pipil y xinca, participaban en peregrinajes, actividades rituales,
comercio e intercambio ideológico. El estudio destaca la interacción
entre la peregrinación, la cultura material y las interacciones
interculturales en la con
fi
guración de la hibridación religiosa y las
dinámicas sociopolíticas que iniciaron en la colonia y que sobreviven
hasta el siglo XXI.
Palabras clave: Cristianismo. Peregrinaciones cristianas. Procesiones
religiosas. Sacri
fi
cios humanos. El Salvador-Ciudades Históricas.
Lugares sagrados. Lagos (en religión, folklore, etc.).
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Abstract
This article explores the role of the Lempa River and Lake Güija as key
nodes of pilgrimage and cultural hybridization in Mesoamerica. By
analyzing archaeological, ethnohistorical, and iconographic evidence,
it argues that these water bodies served as sacred landscapes where
diverse Mesoamerican groups, including the Maya, Nahua-Pipil, and
Xinca, engaged in pilgrimage, ritual activities, trade, and ideological
exchange. The study highlights the interplay between pilgrimage,
material culture, and cross-cultural interactions in shaping religious
hybridization and sociopolitical dynamics, which started during the
colonial period and persist until the 21st century.
Keywords: Mesoamerica Religion. Cultural hybridization. Christian
pilgrims and pilgrimages. Religious syncretism. Black Christs
Central America. Sacred space. Water Religious aspects. Historic
sites — El Salvador. El Salvador — Antiquities.
Introducción
… Y dijeron que las colinas no son reales, solo arriba son
terrosas, pedregosas; por dentro son como vasijas, como
casas llenas de agua. Y si en algún momento quisieran
destruir las colinas, su mundo se inundaría. Y así llamaron
a donde viven los hombres, altepetl… Historia general de
las cosas de la Nueva España o Códice Florentino [1540-
85] (Carranco y Serra, 2023).
Desde el siglo XVI, en el denominado “Nuevo Mundo”, los españoles
emprendieron la difícil tarea de convertir al cristianismo a los
pueblos originarios, luchando con religiones antiguas profundamente
arraigadas que eran culturalmente distintas y diversas. Navegaron por el
complicado equilibrio de introducir el cristianismo a etnias politeístas
que ya ostentaban sus deidades, santuarios y lugares de peregrinación,
en toda la Nueva España. Y uno de los casos más interesantes ocurrió
en la región fronteriza entre El Salvador, Guatemala y Honduras, en la
cuenca alta del río Lempa.
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Este artículo tiene como objetivo explorar cómo en el río Lempa y en
el lago de Güija se con
fi
guraron dinámicas culturales más complejas
que dieron forma a la Nueva España desde Mesoamérica en la época
prehispánica y colonial, explorando la dinámica de la peregrinación en
Mesoamérica, y examinando su relación con la hibridación y el culto
al Cristo Negro.
Figura 1. Lago de Güija, vista al noroeste desde la isla/península de
Igualtepeque, 3 de enero de 2025 (Flores Manzano, 2025). Al fondo,
destacan el volcán Suchitán y el volcán Ixtepeque, en Guatemala,
así también a lo lejos alimentan al lago los ríos Ostúa y Angue.
Además, investiga cómo el paisaje natural del río Lempa, la región
Tri
fi
nio y el lago de Güija in
fl
uyeron en el surgimiento de santuarios y
asentamientos, como se documenta en los relatos coloniales, arrojando
luz sobre las deidades y rituales asociados con la región.
Asimismo, se discute sobre el principal lugar de peregrinación de
Mesoamérica, el Templo del Señor de Esquipulas, así como la tradición
esquipuleana, y cómo esta surge como una hibridación de la tradición
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prehispánica. Así también se analiza la
fi
esta y peregrinación del Señor de
Ostúa en Metapán, El Salvador, como una manifestación de hibridación
profundamente arraigada en los sistemas de creencias mesoamericanos
en el marco de la tradición esquipuleana.
En última instancia, se argumenta que, en la frontera de Guatemala, El
Salvador y Honduras, el fenómeno del Cristo Negro fue fundamental en
la conversión de los pueblos indígenas al cristianismo, lo que permitió la
preservación de ambas identidades culturales en la zona.
Figura 2. Sitios arqueológicos y la cuenca del río Lempa. (Adaptación de
Flores Manzano. Rescatado de http://riolempa.org/mapa-del-lempa-v2/, 2025).
2. Peregrinación: nociones generales
La peregrinación abarca tanto los viajes individuales a los lugares sagrados
como la institución en general, involucrando varios elementos, como
actores, lugares, comportamientos, tiempos y especialistas. Las personas
se embarcan en peregrinaciones a sitios de santuarios reconocidos con
fi
nes religiosos, aventurándose más allá de sus viajes habituales (Morinis
y Ross Crumrine, 1991, pp. 2-3) a lugares signi
fi
cativos (teorizado en
inglés como «meaningful places») (Nieves Zedeño y Bowser, 2009, p.
6). La peregrinación, en este sentido, abarca la totalidad de los aspectos
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humanos y materiales involucrados en estos viajes individuales a los
santuarios (Morinis y Ross Crumrine, 1991, pp. 2-3).
Las peregrinaciones consisten en peregrinos, centros de peregrinación,
representaciones rituales y el público como componentes clave, formando
instituciones socioculturales y sistemas humanos. Estos sistemas se
caracterizan por mitos explicativos, y personas con diferentes posiciones
sociales y normas que estructuran sus papeles y labores. Un elemento
central de las instituciones de peregrinación son los elaborados patrones
de ritual y simbolismo, que se organizan en torno a un conjunto limitado
de metáforas raíz o símbolos meta-rituales (Morinis y Ross Crumrine,
199, p. 3).
La estructura de la peregrinación es inherentemente institucional e
interactúa dinámicamente con fuerzas sociales más amplias. Los lugares
de peregrinación encarnan la dicotomía de lo sagrado y lo profano
(Eliade, 1956), aunque estas distinciones a menudo tienen matices. El
lugar de peregrinación es inherentemente sagrado, a menudo se cree
que está imbuido de presencia divina (Morinis y Ross Crumrine, 1991,
pp. 10-11).
Si bien el santuario representa lo sagrado dentro del ámbito profano,
también sirve como mediador entre los dos polos. El lugar de peregrinación
facilita el acceso a lo sagrado de otro mundo, actuando como un conducto
entre el cielo y la tierra. Esta forma estructural subyace en varios temas
de peregrinación, re
fl
ejando la navegación del creyente a través de los
desafíos de la vida. La peregrinación simboliza la oposición entre lo
sagrado y lo profano, y el viaje representa una transición de lo profano
a lo sagrado y viceversa (Morinis y Ross Crumrine, 1991, pp. 10-11).
Esta representación esquemática incorpora elementos de separación,
transición y reincorporación en el modelo de peregrinación (Morinis y
Ross Crumrine, 1991, pp. 10-11).
Entre las funciones de la peregrinación tenemos: “... Los individuos
obtienen acceso a las fuentes de poder que se cree que controlan su
destino. La peregrinación es un ejercicio de humilde súplica...” (Morinis
y Ross Crumrine, 1991, p. 14).
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“La tradición moderna de la peregrinación en Europa Occidental surgió a
través del sincretismo, ahora discutido como hibridación de las creencias
paganas y cristianas, ocurriendo predominantemente desde el siglo IV
hasta el XI d. C.” (Lee Nolan, 1991, p. 21). A pesar de los períodos de
declive en el desarrollo de los santuarios, o lugares de peregrinación, hubo
renacimientos posteriores en el compromiso del peregrinar, marcados
por la aparición de nuevos cultos y un aumento en los visitantes a los
santuarios existentes que persistieron a través de los tiempos (Lee Nolan,
1991, p. 21).
Los lugares de peregrinación a menudo se asocian con paisajes sagrados
y con frecuencia comparten características comunes en diversas
tradiciones culturales. Las alturas (montañas), los cuerpos de agua, los
árboles sagrados, las cavernas naturales y las piedras tienen un signi
fi
cado
especial en las creencias paganas europeas y precolombinas americanas,
y muchos santuarios cristianos también adoptan tales atributos (Lee
Nolan, 1991, pp. 33-35).
Si bien los santuarios latinoamericanos pueden tener menos características
de sitios registrados en comparación con Europa Occidental, esta
discrepancia podría deberse a la limitada información disponible sobre los
casos latinoamericanos. Sin embargo, las cuevas y grutas sagradas tienen
un mayor énfasis en las Américas, particularmente entre los santuarios
con orígenes en la Iberia medieval (Lee Nolan, 1991, pp. 33-35).
Si bien la era de las ermitas había terminado en gran medida en España
a
fi
nales de la Edad Media, los relatos de formaciones de culto en las
Américas sugieren que las generaciones posteriores de españoles, atraídos
por la vida en las ermitas, encontraron consuelo en las cuevas americanas.
Esto desafía la noción de que la prevalencia de las cuevas sagradas en
las Américas se debe simplemente a las in
fl
uencias indígenas. Además,
las piedras sagradas son más comunes en América que en Europa (Lee
Nolan, 1991, pp. 33-35).
En este sentido, surge la duda razonable: ¿Cómo se origina un santuario
y cómo se convierte en un centro de peregrinación? En América Latina,
un método predominante consiste en la adquisición de un objeto, donde
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el culto surge después de la introducción de un artículo de otro lugar. Otra
narrativa común para los orígenes de los santuarios involucra objetos
encontrados, donde el culto se forma tras el descubrimiento de una imagen
o reliquia, a menudo en circunstancias extraordinarias o asociadas con
milagros (Lee Nolan, 1991, pp. 33-35).
2.1. Peregrinación en Mesoamérica
Se ha cuestionado si los lugares de peregrinación prehispánica y los
santuarios en las Américas perduraron hasta los tiempos modernos. Lee
Nolan (1991, p. 44) argumenta que no hay mucha evidencia que apoye la
continuación generalizada de las prácticas de peregrinación prehispánica
que di
fi
eren de la tradición europea.
Esto sugiere un modelo basado en la aceptación de las prácticas
conocidas, en las que se suprimen las desconocidas. Por ejemplo,
mientras que algunas prácticas precolombinas como el sacri
fi
cio humano
y la perforación de la lengua no se ven en las peregrinaciones mexicanas
modernas, persisten otras familiares como bajar y subir a las montañas
sagradas. Este modelo permite la cristianización de los sitios indígenas y
la incorporación de las prácticas indígenas a la tradición introducida, una
estrategia que se ha empleado desde la conversión de la Europa pagana y
que se sigue utilizando (Lee Nolan, 1991, p. 44).
La topografía y los símbolos hechos por el hombre se combinaron para
crear una red ritual de comunicación entre el orden social, las fuerzas
de la naturaleza y sus dioses, y una variedad de antepasados dei
fi
cados
(Townsend, 2009, p. 133), en este sentido, Nieves Zedeño y Bowser
(2009, p. 5) argumentan que los animales, las plantas, los accidentes
geográ
fi
cos conspicuos, las montañas, las canteras, los lagos, los ríos y
los manantiales son parte de las prácticas culturales y sociales (Nieves
Zedeño y Bowser, 2009, p. 5).
Martínez Marín 960. (1972, p. 161, como se cita en Palka, 2014, p.
60) a
fi
rma que los santuarios de peregrinación mesoamericanos, como
montañas, cuevas, lagos, manantiales y ríos, eran vitales para las prácticas
espirituales comunitarias o regionales, a menudo implicando ofrendas a
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entidades espirituales para diversas necesidades como la protección y el
mantenimiento del equilibrio cósmico.
Estas peregrinaciones no eran solo esfuerzos individuales, sino cruciales
para el bienestar colectivo, con especialistas religiosos que dirigían
rituales a los que asistían muchos. Kubler (1984, 1985, como se cita en
Palka, 2014, p. 60) y otros comparan las peregrinaciones mesoamericanas
y del viejo mundo para explorar sus similitudes y diferencias, enfatizando
la peregrinación como un viaje y un esfuerzo (Palka 2014, p. 60). Por
ejemplo, los practicantes religiosos nahuas participan en diversos
rituales durante las peregrinaciones, construyendo altares, ofreciendo
sacri
fi
cios, adivinando con objetos y creando
fi
gurillas antropomór
fi
cas
que representan espíritus, mientras que ciertos paisajes como las cuevas
son venerados por su signi
fi
cado espiritual y se utilizan para ceremonias
de lluvia y rituales de fertilidad (Sandstrom, 2005, pp. 36, 44; Villela,
2009, p. 334, como se cita en Palka, 2014, p. 63).
Estos sitios sagrados, incluidas las montañas con cuevas, son clasi
fi
cados
en importancia por los especialistas religiosos, que dictan los horarios
y las ofrendas de peregrinación, ya que se cree que albergan poderosas
fuerzas cósmicas y espíritus ancestrales, impregnando los paisajes de
vida (Sandstrom, 2005, pp. 36, 44; Villela, 2009, p. 334, como se cita en
Palka, 2014, p. 63).
2.2. Peregrinación y guerra
La antigua peregrinación mesoamericana a menudo se asocia con
el sacri
fi
cio humano, es importante comprender la antigua creencia
mesoamericana, documentada en la Crónica de Xajil o Anales de los
Kaqchikeles, que sugiere que las personas fueron creadas para servir
como sustento para los dioses, particularmente el cuchillo de sacri
fi
cio,
un concepto prevalente en la antigua Mesoamérica (Webster, 2000, pp.
104-106, como se cita en Tena, 2002, pp. 36-39).
Esta noción, re
fl
ejada en los mitos nahuas del centro de México y entre
los k’iche y kaqchikel del altiplano guatemalteco, entrelaza el origen
de los pueblos con el origen de la guerra, ilustrando la guerra como un
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deber sagrado ordenado por los dioses para proporcionar alimento al
sol (Graulich, 1974, 1987, como se cita en Tena, 2002, pp. 36-39). De
acuerdo con la tradición nahua, la guerra fue instituida por los dioses
para procurar víctimas humanas para alimentar al sol, ejempli
fi
cado en
la Historia de los Mexicanos por sus Pinturas, donde Tezcatlipoca crea
explícitamente a los humanos para que sirvan de alimento al sol (Tena,
2002, pp. 36-39).
Comenzó la guerra, y los primeros cuatrocientos hombres
murieron después de cuatro años, mientras que las mujeres
permanecieron con vida. Una de ellas, Xochiquetzal, murió a los
diez años y fue alabada como la más valiente de todas y la primera
mujer que murió en la guerra... (Chinchilla Mazariegos, 2022, pp.
304-305).
A lo largo de la historia, la conexión entre la guerra y la comunicación
ceremonial con las deidades en los sitios rituales ha sido una práctica
común en varias sociedades. Además de las tácticas militares, la
preparación espiritual, la consulta con las imágenes de los dioses y la
búsqueda de la protección divina se consideraban esenciales. Por ejemplo,
los conquistadores españoles consideraban a su Dios y a sus santos
superiores a las divinidades mesoamericanas para asegurar la victoria,
mientras que los mesoamericanos creían que sus dioses les ayudarían
contra los españoles (Palka, 2023, pp. 52-53).
Junto con las motivaciones políticas, también se estudiaron aspectos
religiosos como los preparativos para la guerra, el honor a los dioses
de la guerra en los santuarios y el sacri
fi
cio de cautivos (Hassig, 1992;
Inomata y Triadan, 2009; Morton y Peuramaki-Brown, 2019; Redmond y
Spencer, 2006; Scherer y Verano, 2014; Umberger, 2007; Webster, 1993,
como se cita en Palka, 2023, pp. 52-53). Además, la teología de la guerra
mesoamericana enfatizó la importancia central de proteger a las deidades
y forti
fi
car los santuarios, destacando el papel de los dioses patronos y
las fuerzas espirituales en la protección de las comunidades dentro de las
forti
fi
caciones de los santuarios (Baron, 2016; Marrón Vega, 2015; Cojti
Ren, 2020; Hernández y Palka, 2019; Tokovinine, 2019, en Palka, 2023,
pp. 52-53).
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Asimismo, el término «santuario» engloba las nociones entrelazadas de
protección humana y divina mutua durante los con
fl
ictos, junto con los
rituales asociados que se llevan a cabo dentro de los espacios construidos
para las ceremonias comunitarias (Allen, 2021; Hernández y Palka, 2019,
en Palka, 2023, pp. 52-53).
La guerra mesoamericana implicó con
fl
ictos armados organizados entre
comunidades que defendían sus territorios y dependían de la protección
de la deidad y de santuarios forti
fi
cados (Palka, 2023, pp. 52-53). La
conquista en esta región a menudo implicaba el saqueo de templos, la
captura de imágenes de dioses patrones y la exigencia de tributos. Los
santuarios han servido como ubicaciones estratégicamente ventajosas,
centros políticos y conductos para la comunicación divina durante la
guerra, mostrando los aspectos materiales y religiosos entrelazados de
los santuarios forti
fi
cados (Palka, 2023, pp. 52-53).
En la guerra mesoamericana, las comunidades se involucraron en
con
fl
ictos armados organizados mientras dependían de la protección de
la deidad y de santuarios forti
fi
cados para su defensa (Aguilar y Preucel,
2013; Nevin, 2017; Walker, 2009, como se cita en Palka, 2023, pp. 52-
53). La conquista a menudo implicaba el saqueo de templos, la captura
de imágenes de dioses patrones y la extracción de tributos (Palka, 2023;
pp. 52-53).
El análisis comparativo de las prácticas bélicas, la forti
fi
cación de
santuarios y la comunicación de deidades en diferentes sociedades destaca
comportamientos similares durante los con
fl
ictos mesoamericanos. Los
santuarios servían como lugares estratégicos, centros políticos y canales
para la comunicación divina durante la guerra, mostrando los aspectos
materiales y religiosos entrelazados en la forti
fi
cación de los santuarios.
Los dioses patronos desempeñaban un papel fundamental en la protección
de las comunidades, el mantenimiento de la cohesión social y la garantía
de la victoria en la guerra a través de la participación ritual y las ofrendas
continuas (Chaniotis, 2005: 144; Dillon 2020, como se cita en Palka,
2023, pp. 52-53).
Los conquistadores españoles descubrieron inmediatamente que los
líderes y las comunidades indígenas buscaban activamente la orientación
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de las deidades patronas en los santuarios para determinar si participar
en la guerra y elaborar estrategias para las batallas. Este comportamiento
subraya la e
fi
cacia percibida de la comunicación con las fuerzas
espirituales, tal como lo observaron los soldados españoles (Morton y
Peuramaki-Brown, 2019).
Por ejemplo, los gobernantes tlaxcaltecas consultaban a sus adivinos,
sacerdotes y magos, instruyéndoles para que emplearan la brujería,
los encantamientos y las suertes con las deidades en los templos para
determinar el resultado de la lucha contra las fuerzas españolas. Los
sacerdotes y “magos” aconsejaron que los españoles solo podían ser
derrotados por la noche, lo que llevó a los líderes tlaxcaltecas a organizar
un ataque nocturno con diez mil guerreros, con el objetivo de capturar y
sacri
fi
car a los invasores españoles (Morton y Peuramaki-Brown, 2019).
Los santuarios en Mesoamérica han desempeñado importantes funciones
religiosas y protectoras para el culto comunitario y la salvaguardia de las
imágenes de deidades. Dentro de estos santuarios, los templos albergaban
representaciones de dioses y antepasados junto a tumbas ancestrales,
sirviendo como sitios fundamentales para los rituales comunales y la
comunicación con entidades divinas para el bienestar colectivo (Baron,
2016; Carmack, 1981; Carrasco, 1999; Kidder et al., 2019; Marcus y
Flannery, 1996; Stuart y Stuart, 2008; Williams, 2013; Zeitlin, 2005,
como se cita en Palka, 2023, pp. 54-56).
Estos espacios cuentan con templos centrales que albergan imágenes de
deidades tutelares y albergan ceremonias comunitarias destinadas a la
protección mutua (Palka, 2023, pp. 54-56). Los templos mesoamericanos
se distinguen por sus estructuras piramidales o grandes edi
fi
cios con
altares adyacentes, que a menudo se encuentran cerca de estelas, arte
rupestre, plazas, juegos de pelota y cuevas (Palka, 2023, pp. 54-56).
La relación simbiótica entre los santuarios y las imágenes de deidades
subraya su conexión integral con las comunidades humanas que los
utilizan, mantienen y veneran (Aguilar y Preucel, 2013; Brady y Colas,
2005; Cojti Ren, 2020; Dye y King, 2007; Figuerola Pujol, 2010; Hassner,
2009, como se cita en Palka, 2023, pp. 54-56).
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Las comunidades indígenas mesoamericanas establecen lazos sociales,
acuerdos y pactos con deidades dentro de sitios rituales y templos
urbanos (Astor-Aguilera, 2010; Hamann, 2002; Monaghan, 1995, como
se cita en Palka, 2023, pp. 58-59). Estos compromisos y conexiones
mutuas refuerzan la creencia compartida de que las deidades ofrecen
provisiones esenciales como el agua, la prosperidad, el éxito en la guerra
y la salvaguardia divina (Allan 2015; Christenson 2019; Figuerola Pujol
2010, como se cita en Palka, 2023, pp. 58-59).
Las imágenes de deidades centrales dentro de los santuarios
mesoamericanos se consideraban esenciales para la protección, ya que
simbolizaban a los dioses adorados por las comunidades locales. Estos
templos no solo albergaban representaciones de dioses patronos, sino
que también representaban guerreros, cautivos sacri
fi
ciales y, a veces,
almacenaban armas e implementos ceremoniales (Bassie-Sweet, 2021;
Conrad y Demarest, 1984; Marcus y Flannery, 1996; Matos, 1988;
Miller, 1989; Umberger, 1998; Garciá-Des Lauriers, 2008, como se cita
en Palka, 2023, pp. 59-61).
Se creía que los rituales llevados a cabo dentro de estos espacios sagrados,
como las oraciones para que lloviera o para el bienestar de la comunidad,
eran más efectivos debido a la interacción directa con las fuerzas
espirituales, particularmente en santuarios paisajísticos como picos de
montañas y cuevas (Astor-Aguilera, 2010; Hamann, 2002; Palka, 2014;
Wilson, 1995, como se cita en Palka, 2023, pp. 59-61).
A diferencia de los altares domésticos, que carecían de la misma potencia,
la comunicación con los dioses patronos se consideraba más e
fi
caz en los
sitios comunitarios designados que albergaban estas veneradas imágenes
de deidades (Monaghan, 2017; Tokovinine, 2019; Walker, 2009, como se
cita en Palka, 2023, pp. 59-61). Ciertos materiales, objetos y estructuras
consagrados para propósitos divinos sirven como encarnaciones de
dioses locales, imbuidos de fuerzas divinas (Bassett, 2015; Harrison
Buck, 2020; Houston, 2014, como se cita en Palka, 2023, pp. 59-61).
Conocidos como «deidades» o nombrados en honor a dioses residentes,
se cree que estos templos, imágenes de deidades y bultos sagrados sacred
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bundles en inglés o Tlaquimilolli en nahuatl) poseen la esencia y el destino
de los propios dioses. En consecuencia, los pueblos mesoamericanos
interactúan con estos objetos como si se comunicaran directamente con
las deidades, in
fl
uyendo en sus acciones y comportamientos (Bassett,
2015; Gell, 1998; Harrison-Buck, 2020, como se cita en Palka, 2023, pp.
59-61).
2.3. Peregrinación y comercio
En Mesoamérica, la relación entre la peregrinación y el comercio es clara.
La evidencia sugiere que las peregrinaciones no estaban estrechamente
vinculadas a las actividades comerciales, contrario a la creencia de
que surgieron junto con el comercio. La mayoría de los santuarios de
peregrinación estaban situados en lugares remotos, como laderas de altas
montañas, cuevas, lagos y manantiales, lejos de las rutas comerciales
(Martínez Marín, 1972, como se cita en Kubler, 1984, pp. 17-18).
Solo unas pocas excepciones, como Cholula y Chichén Itzá, estaban
estrechamente asociadas con los principales mercados, lo que atrajo la
atención de los primeros españoles debido a sus similitudes percibidas
con sitios de peregrinación como Roma y La Meca (Rojas, 1927, p. 162,
como se cita en Kubler, 1984, pp. 17-18). Esta discrepancia entre los
lugares de peregrinación y las rutas comerciales puede explicarse por
la noción de que los peregrinos se sienten atraídos por lugares donde se
reclama, o se revela la presencia divina (Kotting, 1950, como se cita en
Kubler, 1984, pp. 17-18).
El viaje de peregrinación, caracterizado por pruebas físicas y encuentros,
transforma al peregrino en un extranjero (peregrinus), culminando en
una experiencia sagrada al regreso (Dupront, 1972, p. 729, como se cita
en Kubler, 1984, pp. 17-18). Sahagún describió las principales rutas
de la Nueva España, destacando varios tipos de caminos asociados
con diferentes terrenos y condiciones, desde simples senderos hasta
calzadas
fi
namente construidas. Este inventario vial es analizado por
Castillo Farreras (1969, como se cita en Kubler, 1984, pp. 17-18), quien
resalta la complejidad técnica de dicha infraestructura en el Libro 11 de
la obra original.
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2.4. La peregrinación: signi
fi
cado para los Mayas
Los mayas tienen características especí
fi
cas sobre su religiosidad y
protocolos de peregrinación. Palka (2014, pp. 5-6) argumenta sobre tres
aspectos clave de la cultura maya que son signi
fi
cativos al considerar los
paisajes rituales mayas y la peregrinación.
En primer lugar, el estudio de la peregrinación maya exige comprender la
intersección de los paisajes rituales y la religión en Mesoamérica. Estos
paisajes, a menudo marcados por características naturales notables, sirven
como morada para deidades que tienen poder sobre aspectos esenciales de
la vida, como la lluvia, la comida y la salud. Estos sitios deben ser visitados
y honrados para que se liberen sus energías que sustentan la vida. Sin
embargo, también se consideran potencialmente peligrosos y, por lo tanto,
están separados de los asentamientos humanos (Palka 2014, pp. 5-6).
En segundo lugar, a diferencia de otras partes del mundo con unos pocos
centros de peregrinación importantes, Mesoamérica posee innumerables
santuarios de peregrinación, lo que re
fl
eja una “cultura de peregrinación”
generalizada donde las visitas a los santuarios son parte integral de la vida
diaria. Además, la peregrinación mesoamericana, particularmente entre
los mayas, es a menudo obligatoria en lugar de voluntaria, arraigada en
acuerdos con fuerzas espirituales destinadas a mantener el orden cósmico
y el bienestar comunal (Palka 2014, pp. 5-6)
En tercer lugar, la peregrinación en este contexto cultural se cruza con
las dinámicas sociopolíticas, in
fl
uyendo en la identidad, las estructuras
de poder político y la economía. Las élites y las
fi
guras religiosas
masculinas suelen supervisar las peregrinaciones, gestionando las
actividades económicas relacionadas, como el comercio, los banquetes y
la producción de artículos rituales. Así, el establecimiento de santuarios
de peregrinación dentro de los paisajes rituales territoriales se convierte
en un medio para que los líderes políticos y religiosos consoliden su
poder e in
fl
uencia (Palka 2014, pp. 5-6).
Herman Konrad destaca que la frase maya u ximbal ek’ob, que se
traduce como “el peregrino”, tiene un doble signi
fi
cado, indicando tanto
“paso” como “curso de las estrellas”. Este doble signi
fi
cado insinúa un
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paralelismo en su comprensión de los patrones cíclicos, evidente tanto en
los movimientos celestes como en el viaje ritual de peregrinación dentro
de las civilizaciones americanas (Millones, 1991, p. XV).
2.5. La peregrinación: signi
fi
cado para los Nahuas
El cronista del siglo XVI, Fray Diego Durán, dejó una de las descripciones
más detalladas sobre una peregrinación prehispánica nahua. Esta tenía
lugar durante la
fi
esta de Huey Tozoztli, dedicada —según Durán— a
Tláloc, dios de la lluvia, el rayo y las tormentas; aunque Sahagún atribuye
la festividad al dios del maíz tierno, Cinteotl. El santuario principal
de Tláloc se ubicaba en la cumbre de un monte al sureste de Texcoco,
conocido como Tláloc, Tlalocatepetl o Tlalocan. Durán no presenció la
peregrinación, pero ascendió a la montaña y vio las ruinas del templo,
y reconstruyó el ritual a partir de los testimonios de quienes aún lo
recordaban (Sandstrom y Effrein Sandstrom, 2023, pp. 316-319).
El monte poseía una gran explanada amurallada visible desde lejos y
un recinto de madera donde se encontraba el ídolo principal de Tláloc,
rodeado de pequeñas imágenes que representaban los cerros circundantes.
Cada año, el 29 de abril, reyes, nobles y señores de toda la región acudían
con ofrendas para pedir buenas cosechas. Se sacri
fi
caban niños en honor
al dios y se ataviaban las imágenes con mantos, joyas y plumas preciosas.
Se depositaban grandes cantidades de comida y bienes nuevos —ollas,
canastas, panes, guisos y cacao— que después eran resguardados por una
guardia armada hasta que se deterioraban y se enterraban. Al
fi
nalizar,
los participantes descendían para bendecir las aguas de lagos, ríos y
manantiales (Sandstrom y Effrein Sandstrom, 2023, pp. 316-319).
Durán señala además que muchas de estas prácticas —ofrendas de
alimentos, plegarias por lluvias, veneración de manantiales y montañas—
continuaban vigentes en comunidades cercanas, dedicadas especialmente
a la diosa del agua Chalchiuhcueye. Asimismo, registra que peregrinos
de lugares lejanos acudían a manantiales sagrados para cumplir votos,
depositando piedras preciosas, oro y objetos rituales, igual que hoy se
peregrina a santuarios cristianos (Sandstrom y Effrein Sandstrom, 2023,
pp. 316-319).
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Aunque la peregrinación mexica al monte Tláloc estuvo dominada por
élites y cargada de ostentación política, su estructura básica muestra
paralelos notables con las peregrinaciones nahuas contemporáneas de la
Huasteca: montañas sagradas asociadas a la lluvia y la fertilidad; cerros
menores personi
fi
cados; imágenes vestidas ritualmente; uso de sangre
sacri
fi
cial para consagrar ofrendas; abundancia de comida ritual, y altares
que se dejan desintegrar con el tiempo (Sandstrom y Effrein Sandstrom,
2023, pp. 316-319).
La continuidad cultural es evidente pese a los siglos transcurridos y las
diferencias entre una civilización estatal como la mexica y las pequeñas
comunidades actuales. Los pueblos indígenas de México —nahuas,
huicholes, tepanecas y otros— mantienen prácticas de peregrinación que
combinan tradiciones ancestrales y elementos cristianos, rea
fi
rmando
la persistencia de una espiritualidad mesoamericana centrada en la
montaña, el agua, la fertilidad y el intercambio ritual con el mundo
sagrado (Sandstrom y Effrein Sandstrom, 2023, pp. 316-319).
3. Hibridez e hibridación
Al hablar de la misión de convertir a los “naturales” o pueblos originarios
del “nuevo mundo”, es importante discutir una propuesta teórica o un
concepto que explica cómo la interacción de dos culturas crean una
nueva, y es el concepto de hibridez o hibridación. La hibridez es un
signo del poder colonial y la dinámica de sus fuerzas cambiantes, una
inversión estratégica del proceso de dominación a través del rechazo,
es decir, la creación de identidades discriminatorias que refuerzan
la identidad de la autoridad (Bhabha, 2007, p. 159, como se cita en
Stockhammer, 2012, p. 45).
La hibridación es la transición del encuentro al entrelazamiento relacional
caracterizada por los cuatro aspectos de Hahn, es decir, la apropiación,
la incorporación, la objetivación y la transformación: el objeto se
convierte en una posesión personal, se clasi
fi
ca dentro de los sistemas
de clasi
fi
cación locales, se conecta con ciertas prácticas y se le atribuye
un nuevo signi
fi
cado (Hahn, 2004, como se cita en Stockhammer, 2012,
p. 50).
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En arqueología, la hibridación completa se restringe a un material
cultural en el cual se puede observar que no predomina completamente la
in
fl
uencia de una cultura extranjera (Feldman, 2006, p. 30, como se cita
en Stockhammer, 2012, p. 52).
4. Evidencia etnohistórica sobre peregrinación y cuerpos de agua en
El Salvador
Durante la colonia, se registraron diversos relatos sobre el uso de lugares
sagrados, entre ellos cuerpos de agua, donde se realizaban prácticas
religiosas y peregrinajes; a continuación, se discutirán los casos más
emblemáticos de la región.
Figura 3. En el siglo XVI, la región fronteriza entre El Salvador, Guatemala y
Honduras presentaba una gran diversidad étnica y lingüística. Entre los grupos
destacados se encontraban los de origen maya, como poqomames y ch’orti’, así
como los pipiles (de
fi
liación nahua) y los xincas (Amaroli, 1979).
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4.1. La laguna de Uxaca Grande: El lago de Güija
Diego García de Palacio, en su Carta de Relación al rey de España Felipe
II, fechada el 8 de marzo de 1576, proporciona detalles adicionales sobre
“otro” importante sitio religioso conocido como la laguna de Uxaca
Grande (García de Palacio, 1576, como se cita en Duarte Landero,
2020, pp. 69-71)probablemente correspondiente al lago de Güija en
Metapán, desde el cual se origina uno de los a
fl
uentes principales al río
Lempa (García de Palacio, 1576, como se cita en Duarte Landero, 2020,
pp. 69-71).
Documenta la presencia de dos peñas donde los indígenas realizaban sus
rituales de sacri
fi
cio e idolatrías (García de Palacio, 1576, como se cita
en Duarte Landero, 2020, pp. 69-71). Mictla, un lugar a tres leguas de
distancia de este sitio, se destaca como un lugar de importante devoción
para los indios pipiles, los chontales y otros grupos indígenas que hablan
diferentes lenguas (García de Palacio, 1576, como se cita en Duarte
Landero, 2020, pp. 69-71).
Figura 4. Mención de la laguna de Uxaca Grande, por Diego García de
Palacio (García de Palacio, 1576, como se cita en Duarte Landero, 2020, pp.
69-71).
La estructura jerárquica y las prácticas sacri
fi
ciales especí
fi
cas también
son descritas por García de Palacio, con la máxima autoridad conferida al
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señor indígena (García de Palacio, 1576, como se cita en Duarte Landero,
2020, pp. 69-71). El liderazgo espiritual se atribuye a un sacerdote
conocido como Tecti, que empuñaba una vestimenta (“toga”) azul, una
cresta adornada con plumas de quetzal y un báculo parecido al de un
obispo.
Otra
fi
gura prominente, denominada Tehu a matlini, es descrita como el
hechicero más destacado, poseedor de experiencia en literatura y artes, y
capaz de profetizar presagios (García de Palacio, 1576, como se cita en
Duarte Landero, 2020, pp. 69-71). Además, García de Palacio menciona
a cuatro sacerdotes conocidos como «Teuphqui», que formaban parte
del consejo central, ataviados con túnicas de varios colores, incluyendo
negro, verde, posiblemente rojo y amarillo (García de Palacio, 1576,
como se cita en Duarte Landero, 2020, pp. 69-71).
La estructura jerárquica también incluye un mayordomo responsable de
las joyas y la parafernalia sacri
fi
cial, encargado de extraer los corazones
de las víctimas sacri
fi
ciales, así como músicos especializados que
convocaban a testigos para observar los sacri
fi
cios (García de Palacio,
1576, como se cita en Duarte Landero, 2020, pp. 69-71).
Entre las deidades y rituales documentados por García de Palacio, se
destaca la reverencia al sol naciente, junto con un panteón con una
dualidad hombre-mujer representada por Quetzalcóatl e Itzqueye, a
quienes se dedicaban todos los sacri
fi
cios, dependiendo de la fecha del
calendario (García de Palacio, 1576, como se cita en Duarte Landero,
2020, pp. 69-71).
Se observan dos grandes sacri
fi
cios anuales, uno al comienzo del invierno
(comienzo de la estación lluviosa) y el otro al comienzo del verano
(conclusión de la estación lluviosa y comienzo de la estación seca). Estos
rituales tenían lugar dentro de la “casa de oración”, donde las víctimas
del sacri
fi
cio, niños de entre seis y doce años, podían ser “bastardos” o
descendientes legítimos (“nacidos entre ellos”) (García de Palacio, 1576,
como se cita en Duarte Landero, 2020, pp. 69-71).
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Figura 5. Mapa del viaje de Diego García de Palacio en 1576 (Duarte Landero,
2020, pp. 29).
4.2. Etnohistoria sobre otros cuerpos de agua y ritualidad en
El Salvador
Los relatos registrados por Diego García de Palacio en 1576 sobre el
lago de Coatepeque y la descripción de los ritos antiguos en el lago
de Ilopango registrada por Brasseur de Bourbourg en 1854. Todos
estos relatos fueron seleccionados debido a su geografía como parte
del registro sobre la religiosidad nahua-pipil de El Salvador y debido
a la posible importancia en la comprensión de lugares signi
fi
cativos y
paisajes rituales en El Salvador.
4.2.1. Lago de Coatepeque, 1576
En 1576, durante la visita de García de Palacio, 52 años después de la
invasión española, parece que en algunos lugares había una autonomía
en las prácticas religiosas indígenas, entre las que relató el oráculo pipil
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de Coatán [siendo Coatan “El lugar de la serpiente”] (García de Palacio,
en Squier, 1860, p. 50) en la islas del lago de Coatepeque, hoy llamada
Isla Teopan.
Figura 6 Escultura de tipo “Potbelly” en la isla Teopán
Nota. Escultura descrita por García de Palacio en la isla
Teopán, lago de Coatepeque. Corresponde a un “barrigón”
o Potbelly. Esta es considerada la primera “excavación
arqueológica” histórica registrada en El Salvador. Adaptado
de Título del documento o informe, por P. Amaroli, 1997.
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... un pueblito llamado Coataán, en cuyas inmediaciones hay un
lago, situado en el
fl
anco del volcán [Santa Ana/Ilamatepec]. (…)
En su centro hay dos pequeñas islas. Los indios consideran este lago
como un oráculo de mucha autoridad. Creen que ningún hombre
puede soportar ver lo que contiene, y que quienquiera que lo intente
se quedará mudo y morirá de una muerte espantosa. Derivan esta
superstición de sus antiguas leyendas, (...) Me enteré de que ciertos
“negros” y “mulatos” de una hacienda adyacente habían estado allí,
y habían encontrado un gran ídolo de piedra, en forma de mujer,
y algunos objetos que habían sido ofrecidos en sacri
fi
cio. Cerca
se encontraron unas piedras llamadas chalchibitas [Jade] (...) Esta
visita desengañó a los indios viejos, y los convenció de sus errores,
al mismo tiempo que dio a entender a los indios más jóvenes y
cristianizados que las ideas relacionadas con este santuario eran tan
absurdas como las otras nociones de su paganismo...” (García de
Palacio, en Squier, 1860, pp. 53-55).
4.2.2. Lago Xilopango, 1857
Brasseur de Bourbourg visita El Salvador en 1854 en su viaje de Nicaragua
a Guatemala, en este, narra su paso por Cojutepeque y el lago Xilopango
(lago de Ilopango), donde describe a Xilopango como relacionado con el
Xilotl, el manojo de maíz tierno y debido a la fama de su templo (Brasseur
de Bourbourg, 1857, p. 11).
En Xilopango registra un rito realizado en honor a Xochiquetzal o
Tlaxcalla Matlalcueye “la dama de las faldas azules” (aclarando que
era la esposa de Tláloc) (Brasseur de Bourbourg, 1857, pp. 9-10), y se
realizaba todos los años cuando las “gavillas de maíz verde y lechoso
estaban a punto de coagularse para madurar”, en el que se elegían cuatro
niñas para ser ofrecidas en sacri
fi
cio a Xochiquetzal, eran “adornados
con ropas festivas, coronados de
fl
ores y transportados en ricos
palanquines a las orillas de las aguas sagradas donde se debía realizar el
sacri
fi
cio” (Brasseur de Bourbourg, 1857, p. 10). Brasseur de Bourbourg
también describe a los sacerdotes vestidos con túnicas y con sus cabezas
adornadas con tocados de plumas, llevando incensarios quemando copal,
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el rito se terminaba ofreciendo a las cuatro jóvenes víctimas de una roca
y precipitándolas al abismo (Brasseur de Bourbourg, 1857, p. 11).
... En el momento de realizar este rito inhumano, los sacerdotes se
dirigían a cada una de las cuatro vírgenes por turno: para ahuyentar
de su imaginación el terror de la muerte, pintaban un cuadro
sonriente de las delicias que iban a disfrutar en la compañía de los
dioses, y les recomendaban que no olvidaran la tierra que habrían
dejado. Mientras suplicaba a la deidad a la que estaban siendo
enviados que fuera favorable para la próxima cosecha... (Brasseur
de Bourbourg, 1857, p. 12).
Brasseur explica que a pesar de que en el momento de su llegada ya no
se realizaba este sacri
fi
cio, se entendió que simultáneamente, un niño no
bautizado fue ofrecido a Xochiquetzal en la entrada de una cueva en el lago,
y que “... la Diosa emerge del agua en forma de una hermosa mujer con
cuerpo de serpiente, llevándose al niño...” (Brasseur de Bourbourg, 1857,
p. 13)., entonces trató de averiguar si esto era cierto y fue a solicitar una
canoa de tronco de árbol ahuecado, donde dos nativos lo llevaron, mientras
estaban en el lago les preguntó si sabían de algún sacri
fi
cio en la temporada
anterior, mientras se negaban a hacerlo, le respondieron: “... ¿Por qué no?...
ya que era la única forma de obtener buenas cosechas, ¡y la última era tan
buena! El año anterior hubo una hambruna porque descuidaron a la señora
de la laguna...” (Brasseur de Bourbourg, 1857, p. 13).
Luego se encontró con un pescador ladino, quien le informó que descubrió
una cueva por accidente y encontró piedras superpuestas y restos de copal y
papeles quemados (Brasseur de Bourbourg, 1857, p. 13).
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Figura 7. Representación de la deidad Xochiquétzal
Nota. Xochiquétzal es identi
fi
cada como la diosa madre de los
cuatro frutos divinos: Tlatlauhqui Tezcatlipoca, Yayauhqui
Tezcatlipoca, Quetzalcóatl y Huitzilopochtli. Su nombre se
traduce literalmente como “Preciosa Flor”. Adaptado de Los
dioses creadores, por S. Mateos Higuera, 1992, pp. 264-265.
(Mateos Higuera, 1992: 264-265).
5. Hibridación y peregrinación prehispánica en Mesoamérica
Para el siglo XVI ya se habían hibridado las manifestaciones religiosas
en Mesoamérica, con la venida de las órdenes religiosas desde España.
En el siglo XV, la peregrinación era un componente esencial de las
prácticas religiosas aztecas, con raíces en tradiciones ancestrales. El
Códice Zouche-Nuttal registra posibles peregrinaciones desde el siglo
IV, incluyendo viajes a montañas y cuevas (Wake, 2010, como se cita
en Claassen y Ammon, 2022, p. 236). Los gobernantes de Tenochtitlan,
Xochimilco, Tlacopan, Tlaxcala, Tetzcoco y Huexotzingo realizaban
anualmente peregrinaciones al santuario de Tláloc en el monte
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Carlos Flores Mazano
homónimo. Hacia 1540, los agustinos interrumpieron la peregrinación
al santuario de Chalma, sustituyendo su altar por un cruci
fi
jo, mientras
que los
fi
eles continuaron visitando el Tepeyac para venerar a Tonantzin.
Mapas rituales como el Mapa de Cuauhtinchan No. 2 delineaban rutas
ceremoniales o de iniciación (Carrasco y Sessions, 2007, como se cita en
Claassen y Ammon, 2022, pp. 236-237).
Las similitudes arquitectónicas entre Chichén Itzá y Tula sugieren una
red de peregrinación mesoamericana que conectaba el Golfo de Yucatán
con Morelos y Xochicalco, pasando por Cholula, Tula y El Tajín (Patel,
2016; Ringle et al., 1998, como se cita en Claassen y Ammon, 2022, pp.
236-237). Quetzalcóatl/K’uku’ulkan, deidad de comerciantes y líderes,
habría tenido un papel central en estas rutas (Patel, 2016; Ringle, et al.,
1998, como se cita en Claassen y Ammon, 2022, pp. 236-237).
En Cempoala (Veracruz), las peregrinaciones a Cholula se evidencian
por la cerámica cholulteca hallada allí (Anawalt, 1981, como se cita en
Claassen y Ammon, 2022 pp. 236-237). La gran pirámide de Cholula,
dedicada a Quetzalcóatl, atrajo peregrinos de regiones distantes y fue
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comparada en importancia con La Meca y Jerusalén (Kroger y Granziera,
2012, , como se cita en Claassen y Ammon, 2022 pp. 236-237).
En el siglo XV, las sacerdotisas Ixcuiname del centro de México
introdujeron el rito de fertilidad Tlacacaliliztli o “disparo de los hombres
con
fl
echas”, en el que varones eran atados a un andamio, cruz o árbol
y luego
fl
echados (Sullivan, 1982; Torquemada, 1969; Callaway, 1990,
como se cita en Claassen y Ammon, 2022, p. 134).
Originario de los huastecos, el ritual se difundió a la Meseta Central
durante el reinado de Huémac o Quetzalcóatl hacia 1162, siendo más
tarde adoptado por los mexicas (Sullivan, 1982, como se cita en Claassen
y Ammon, 2022, pp. 134-135).
En la Nueva España del siglo XVI, la historia de San Sebastián,
atado y asaeteado, evocaba los sacri
fi
cios indígenas y las imágenes
de cruci
fi
xión (Callaway, 1990, como se cita en Claassen y Ammon,
2022, pp. 134-135). Los franciscanos, al promover el culto al Cristo
sufriente, debieron distinguir la cruci
fi
xión cristiana de las prácticas
mesoamericanas de autosacri
fi
cio, usando el cruci
fi
jo como símbolo
de piedad y devoción (Verástique, 2000, como se cita en Claassen y
Ammon, 2022, pp. 134-135).
La escasez de imágenes católicas en la Nueva España llevó a importar
fi
guras desde Europa y Filipinas: las
fi
lipinas, de mar
fi
l o mármol,
llegaban por Acapulco, y las españolas se transportaban en partes para
ensamblarse en México (Hughes, 2010, como se cita en Claassen y
Ammon, 2022, pp. 134-135).
Hacia la década de 1540 surgieron talleres locales que usaban tallos
de maguey y pasta de maíz combinados con papel, tela y madera para
crear
fi
guras ligeras (Orozco, 1970, como se cita en Claassen y Ammon,
2022, pp. 134-135). La falta de imágenes impulsó a Fray Antonio
de Roa a pedir un cruci
fi
jo en 1543, iniciando una proliferación de
representaciones de Cristo y María hacia 1580 (Hughes, 2010, p. 25,
como se cita en Claassen y Ammon, 2022, pp. 134-135).
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Los cruci
fi
jos fascinaron a los “naturales”, y se reportaron ramas con
forma de cruz o que se negaban a quemarse por su carácter milagroso
(Hughes, 2010, p. 38, como se cita en Claassen y Ammon, 2022, pp.
134-135). Estas imágenes fueron claves en la evangelización, y para
el siglo XVIII Joaquín Sardo clasi
fi
los más venerados, como el
Señor de Chalma, el Cristo Aparecido de Totolapán y el Cristo de
Ixmiquilpan (Hughes, 2010, como se cita en Claassen y Ammon,
2022, pp. 134-135).
Entre los materiales utilizados para adornar las cruces, se encontraba
la obsidiana (Fig. 12), cuyo signi
fi
cado se extendía más allá de su
valor utilitario, entrelazándose con el paisaje, la cosmología y el mito,
alcanzando su pináculo como la deidad azteca Tezcatlipoca, conocida
como el “Señor del Espejo Humeante (Obsidiana)” (Saunders, 2001, pp.
220-2021).
Tras la conquista, el papel simbólico de la obsidiana cambió. Mientras
que los sacerdotes católicos lo veían como un mero adorno cuando se
usaba para decorar las primeras cruces cristianas, los pueblos nativos lo
veían como una continuación sincrética de las creencias precolombinas.
La importancia de la obsidiana se extiende más allá de los estudios
económicos de la producción y el comercio; su signi
fi
cado ideológico
es un nexo entre las realidades simbólicas y físicas en Mesoamérica
(Sahagún, 1950-1978, libro 6, p. 14, como se cita en Saunders, 2001, pp.
220-221).
6. Evidencia arqueológica de peregrinaje prehispánico en el lago de
Güija
Durante la época prehispánica, diferentes grupos étnicos habitaron los
alrededores de los nacimientos del río Lempa y del lago de Güija. Sobre
los sitios arqueológicos en los alrededores del nacimiento del río Lempa,
son escasos, dado que es un lugar con un terreno complicado; destaca la
cercanía relativa a Copán, uno de los principales sitios arqueológicos de
la zona.
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Sobre los sitios arqueológicos en los alrededores del Lago de Güija,
existe una gran cantidad. Es de hacer notar que muy posiblemente el
lago de Güija se formase durante el Periodo Preclásico Tardío/Clásico
Temprano y por eso es que no existen sitios super
fi
ciales asociados al
Periodo Preclásico. Entre la mitología de Metapán, cuentan que cuando
se formó el lago de Güija, quedaron sepultadas muchas poblaciones bajo
las aguas, lo cual ha dado pie a menciones de que bajo el lago “existen
iglesias”. Estos yacimientos arqueológicos fueron investigados por
medio de inmersiones por Lily Landaverde y Marlon Escamilla durante
su tesis de pregrado, pero esos resultados nunca fueron publicados
(Landaverde y Escamilla, 2021).
Sobre las poblaciones principales cerca de los nacimientos del río Lempa
y el lago de Güija, el cual es considerado como una zona discutida entre
varias etnias, donde destacan los mayas-pocomanes, maya-chortí, xincas
y los nahuas, los cuales aparentemente fueron el último grupo étnico en
llegar a la zona.
La historia del pueblo nahua estuvo profundamente relacionada con
los procesos de establecimiento y penetración de grupos en toda
Mesoamérica a través de viajes de comerciantes (pochtecas), guerras de
conquista, dispersiones, peregrinaciones y emigraciones (León-Portilla,
1972, p. 7). La movilidad es uno de los rasgos nahuas más característicos
(León-Portilla, 1972, p. 7) de ellos, y los grupos nahuas se establecieron
hasta la Península de Nicoya en Costa Rica durante el período posclásico
(León-Portilla, 1972, p. 7).
Se identi
fi
can al menos dos migraciones nahuas en los períodos Posclásico
Temprano y Tardío en la costa pací
fi
ca de El Salvador (Escamilla, 2022,
p. 80), es interesante que al menos en el período Posclásico Temprano
no hay evidencia del mismo tipo de ocupaciones en la costa pací
fi
ca de
Guatemala (Chinchilla Mazariegos, 1996, como se cita en Escamilla,
2022, p. 81), Escamilla propone dos razones para explicar esta situación:
tal vez porque hay una falta de investigación arqueológica extensa en el
área (lo que parece muy poco probable) y la segunda es que hay una falta
de geomorfología y paisaje asociados a un “tipo ideal” de representación
de lugares para mantener la memoria de su patria original como
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representación del proceso de diáspora (Escamilla, 2022, p. 81). Creo
que una tercera opción es posible: que tal vez hubo una feroz resistencia
por parte de los habitantes locales de la zona.
P. Amaroli, (comunicación personal, 2025) propone por lo menos tres
oleadas migratorias nahuas: 1. Fase Loma China, orientada al comercio
de larga distancia, 2. Fase Cihuatan y 3. Oleada del establecimiento de
los pipiles históricos; así también es posible otra oleada para establecer
el sitio de Guazapa.
En este proceso diaspórico, en los nuevos asentamientos, la diáspora
nahua-pipil construyó culturalmente el paisaje a través de metáforas;
de esta manera permitió a las personas estructurar relaciones sociales,
percepciones y crear conexiones (Whittlesey, 2009, como se cita en
Nieves Zedeño y Bowser, 200, p. 8) y crearon nuevas biografías de lugares
donde modi
fi
caron y acomodaron signi
fi
cativamente las identidades
étnicas, para mantener una continuidad material signi
fi
cativa. Estas
nuevas biografías de lugares se conectan con un cambio en las relaciones
políticas, sociales y económicas de sus nuevos usuarios (Nieves Zedeño
y Bowser, 2009, p. 9).
En la creación de estas nuevas biografías de lugares, la diáspora nahua-
pipil se enfrentó a un nuevo paisaje que de alguna manera era familiar
en las creencias mesoamericanas, en el que han identi
fi
cado cinco
clases principales de características rituales: árboles, pasos de montaña,
aberturas en la tierra (llenas de agua), montañas y rocas inusuales
(Vogt, 1981, como se cita en Palka, 2014, p. 101), estos lugares fueron
identi
fi
cados por los mayas tzotziles como importantes, pero tienen igual
de importancia en toda Mesoamérica, siendo estas creencias parte del
Núcleo Duro Mesoamericano siendo de
fi
nido como “…la decantación
abstracta de un pensamiento concreto cotidiano, practico y social que se
forma a lo largo de los siglos…” (López Austin, 2001).
Estas características rituales se asociaron con eventos históricos y míticos
y fueron el origen de los nuevos paisajes rituales, que son características del
paisaje que se asocian con la memoria social para preservar las historias,
mitos y verdades de un grupo (Feld y Basso, 1996; Moore, 2004, pp. 84-
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87). Estos paisajes rituales son importantes para el establecimiento de los
grupos indígenas, fundando sus identidades y creando los límites de su
poder político (Palka, 2014, p. 102). Son especialmente importantes para
los grupos de la diáspora, ya que los paisajes rituales crean un vínculo
con los lugares a los que llegan (Gonzalo, 1999: 258, como se cita en
Palka, 2014, p. 101).
6.1. El Alto Río Lempa: de la etnohistoria a la arqueología
La cuenca del río Lempa posee una gran cantidad de yacimientos
arqueológicos, siendo los del Alto Río Lempa los identi
fi
cados en los
alrededores de Esquipulas, Asunción Mita y Metapán; entre ellos tenemos
Igualtepeque, Azacualpa, El Cofre, Masahua, entre otros. Así también
en el Medio Río Lempa se han identi
fi
cado 22 sitios arqueológicos, los
cuales muchos quedaron sumergidos por el embalse del Cerrón Grande,
ahora conocido como Suchitlán, algunos sumergidos a una profundidad
de 243 metros (Martínez y Arévalo, 2008).
Entre los asentamientos identi
fi
cados por el Proyecto Arqueológico
Cerrón Grande, realizado por William R. Fowler, Howard Earnest,
Richard Crane, Stanley Boggs y Margarita Solís, tenemos los sitios
preclásicos: El Cocal, El Campanario, Río Grande, Los Flores. Sitios
clásicos: El Remolino, Las Guaras, El Rosario, El Perical, El Tamarindo,
El Tanque, La Boquita. Sitios Posclásicos: El Remolino, Cihuatán y
Santa María (Martínez y Arévalo, 2008).
Asimismo, se encuentran sumergidos sitios en el embalse de la Presa
15 de Septiembre, conocida también como Presa San Lorenzo, entre
los cuales destaca el sitio Loma China. Así también están otros sitios en
la cuenca media del río Lempa en El Astillero, La Laguneta, Saldo del
Coyote (Costa, 2013).
Y para el Bajo Río Lempa se registran los sitios Las Brisas, La Pintadona,
Rosas Coloradas, La Aguja, Boca del Lempa, San Marcos Lempa, Santa
Bárbara, San Simón, entre otros (Costa, 2013).
En lo que este estudio respecta, para el Alto Río Lempa en los alrededores
del lago de Güija se encuentra una alta densidad de asentamientos
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prehispánicos de los períodos Clásico y Posclásico, entre los que destacan
Igualtepeque, El Cofre y Azacualpa, este último en peligro inminente de
destrucción debido al desarrollo urbanístico y turístico de la zona.
Figura 8. Figurilla de Metapán (Valiente y Monterrosa, 1931).
Estos asentamientos fueron descritos en 1576 por Diego García de
Palacio, quien se re
fi
rió al lago de Güija como la “Laguna de Uxaca
Grande”, de la cual dijo que esta “…tiene en medio dos peñoles, en el
uno de los cuales, antiguamente los indios de aquel distrito hacian sus
sacri
fi
cios é idolatrías…” Esta descripción sugiere que este lugar podría
ser Igualtepeque, conocido como la “Isla de las
fi
guras”.
Así también, en su relato, dejó constancia del único registro conocido de
un ritual prehispánico en un asentamiento arqueológico que, según su
descripción, se realizaba al inicio y al
fi
nal de la temporada de lluvias.
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Fig. 9
Fig. 10
Figuras 9 y 10. Petrograbados con imágenes posiblemente
representando a Xipe Tótec, Igualtepeque, Metapán.
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Sobre el uso de cerámica ritual, se identi
fi
ca en la zona de Belén-
Güijat uno de los depósitos con una de las mayores densidades de
tiestos de Policromo Copador identi
fi
cados en El Salvador (P. Amaroli,
comunicación personal, 2025), marcador del periodo Clásico Tardío y de
la interacción con la ciudad de Oxwitik, hoy conocida como Copán.
Figura 11. Placa de Güija, con fecha del Periodo Clásico Temprano, circa 8.19.0.0.0
a 9.1.0.0.0, es decir, entre el 416 y el 465 CE (Houston y Amaroli, 1988).
De Igualtepeque o “Isla de las
fi
guras” —sitio arqueológico conocido
por ser una isla forti
fi
cada del periodo Clásico/Posclásico y por sus
petrograbados— es interesante destacar que estos últimos están orientados
hacia el lugar de nacimiento de los ríos Ostúa y Angue, especí
fi
camente
en la punta noreste de la isla.
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Fig. 12
Fig. 13
Figuras 12 y 13. Petrograbados con deidades serpentinas, Igualtepeque, Metapán.
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Durante la temporada de lluvias, dichos petrograbados quedan sumergidos,
lo que sugiere que podrían haber tenido la intención simbólica de visitar
el inframundo o santi
fi
car el agua. Además, al medir el nivel del agua en
relación con las piedras que contienen los petrograbados, es posible que
los antiguos pobladores pudieran predecir si la cosecha fuese próspera o
desfavorable. Es decir, es un centro ceremonial asociado a las deidades
prehispánicas del agua.
Figura 14. Petrograbado con una imagen posiblemente representando a Tláloc,
Igualtepeque, Metapán.
Entre las deidades identi
fi
cadas en los petrograbados de Igualtepeque
están Tláloc y Xipe Tótec; así también se han identi
fi
cado e
fi
gies de
Xipe Tótec y ofrendas mayas del Periodo Clásico como la Placa de Güija
(Houston y Amaroli, 1988). Otra deidad identi
fi
cada es el anillo de Ek
Chuah, deidad maya de los comerciantes (Amaroli, 2015). cabe destacar
que Ek Chuah es una deidad que se asocia con Yacatecuhtli, deidad
nahua de los comerciantes, la cual siempre se representa de color negro
cargando una cruz.
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Figura 15. Yacatecuhtli, Códice Feyervary-Mayer.
7. De España al “Nuevo Mundo”: El fenómeno del Cristo negro en
las Américas
El Cristo Negro es una representación de la pasión de Jesucristo que,
debido a sus características iconográ
fi
cas, fue un vehículo a través
del cual era posible la introducción de la nueva fe bajo conceptos que
eran conocidos en Mesoamérica, como el derramamiento de sangre.
A continuación se hará una breve reseña sobre cristos negros en el
continente americano.
7.1. Santuarios y el Cristo Negro en América Latina
Durante el siglo XV en Europa, se produjeron varios cambios
en las narrativas en torno a los orígenes de los santuarios y los
comportamientos de los peregrinos, aparentemente in
fl
uenciados por la
reorientación cultural del Renacimiento. Algunos de estos cambios se
evidencian por el establecimiento de santuarios como actos de gratitud
por parte de los individuos y un aumento notable en la importancia
otorgada a las conexiones personales entre
fi
guras veneradas en el
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cielo y personas comunes en la tierra. (Cousin, 1981, como se cita en
Lee Nolan, 1991, p. 23).
Según Lee Nolan (1991, p. 22), en América Latina se crearon 62
santuarios en el período colonial (1492-1799), de los cuales se registraron
14 santuarios en El Salvador, 12 santuarios en Guatemala y 9 santuarios
en Honduras.
Antes del siglo XIX, aproximadamente el 62 % de los santuarios
latinoamericanos —“para los que se disponía de fechas” —, se convirtieron
en lugares de peregrinación cristiana. Entre los 240 santuarios de la época
colonial con fechas de fundación identi
fi
cables, el 30 % se establecieron
en 1599, el 33 % se originaron en el siglo XVII y el 37 % se fundaron
entre 1700 y 1799. Hay relativamente pocos santuarios del siglo XIX. El
siglo XX fue testigo de una actividad signi
fi
cativa en el establecimiento
de nuevos lugares de peregrinación (Lee Nolan, 1991, p. 25).
La mayoría de los lugares de peregrinación en Europa Occidental y
América Latina se centran principalmente en el culto a un individuo
sagrado en particular. Estas
fi
guras suelen incluir a la Virgen María, a
Jesucristo o a varios santos, abarcando tanto a los santos o
fi
cialmente
reconocidos como a los considerados santos populares o personas
en proceso de canonización. (Lee Nolan, 1991, p. 26). Entre los 937
santuarios en América Latina, solo una cuarta parte (25 %) presenta
predominantemente a Cristo como el foco principal de devoción (Lee
Nolan, 1991, p. 27). Entre los siglos XVI y XVIII, hubo un claro aumento
en el establecimiento de santuarios centrados en imágenes milagrosas de
Cristo en Alemania e Iberia (Lee Nolan, 1991, p. 30).
Ciertamente, el énfasis en Cristo en Hispanoamérica re
fl
eja la in
fl
uencia
de las ideas iberogermánicas derivadas de la Reforma católica. Esta
in
fl
uencia puede haberse entrelazado coincidentemente con las
inclinaciones indígenas. Los países donde más del 28 % de los santuarios
identi
fi
cados están dedicados a Cristo abarcan desde México hasta
América Central, Panamá y se extienden a las naciones andinas de
Colombia, Ecuador y Perú (Lee Nolan, 1991, pp. 31-32).
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Además, hay indicios que vinculan directamente los cultos a Cristo con
los legados precolombinos. Algunos santuarios importantes de Cristo
americano se encuentran en áreas que alguna vez fueron sagradas para
las deidades masculinas precolombinas. Por ejemplo, el Cristo Negro
de Esquipulas en Guatemala y las imágenes milagrosas de Chalma,
Amecameca y Tlacotepec en México son ejemplos destacados (Lee
Nolan, 1991, pp. 31-32).
Además, el 52 % de los 73 santuarios reconocidos en la literatura
disponible como sitios de peregrinación tradicionales de la India están
dedicados a Cristo. Además, en América Latina prevalece la veneración
“de imágenes negras u oscuras de Cristo. Casi el 10 por ciento de los
santuarios cristocéntricos identi
fi
cados en América Latina presentan
imágenes oscuras”, con dos tercios de estas
fi
guras situadas en santuarios
reconocidos como tradicionalmente indios (Lee Nolan, 1991, pp. 31-32).
Es probable que la presencia de imágenes milagrosas del Cristo oscuro
no sea exclusiva de las Américas. Por ejemplo, el Volto Santo”, un
cruci
fi
jo reverenciado en Lucca, Italia, ha sido venerado desde al menos
el siglo XI, con una tradición que remonta su adquisición al año 782
(Lazzarini, 1980, como se cita en Lee Nolan, 1991, p. 32). Actualmente,
esta imagen se representa con un tono de piel oscuro, aunque la duración
de la existencia de esta representación sigue siendo incierta. Además,
un cruci
fi
jo oscuro ha sido honrado en un santuario holandés desde
principios del siglo XIX, y varios cruci
fi
jos españoles también exhiben
rasgos relativamente oscuros (Lee Nolan, 1991, p. 32).
Sin embargo, en comparación con las Américas, las representaciones
oscuras de Cristo son notablemente menos comunes en Europa. Muchas
de las imágenes oscuras más antiguas parecen haber adquirido su
color oscuro algún tiempo después de su creación, lo que sugiere que
la asociación de la oscuridad con la santidad cristiana especial puede
haber surgido después del período medieval. Curiosamente, a excepción
de numerosas copias de la imagen de la Virgen de Guadalupe mexicana,
las representaciones oscuras de la Virgen parecen relativamente raras en
América Latina (Lee Nolan, 1991, p. 32).
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7.2. El Cristo Negro en Mesoamérica
La peregrinación a Xocen, donde se venera la Cruz de Piedra. Jones
(1998 p. 13; Roys, 1939, p. 5) discute la peregrinación a Xocen
o Xoken el 3 de mayo, el día de la “cruz parlante”, y ocurre en el
templo/centro de peregrinación “Cruz Tun”. La peregrinación Xoken
reúne a pobladores mayas de una amplia zona que abarca el este de
Yucatán y la vecina Quintana Roo. A través de esta peregrinación, se
renuevan las conexiones sociales entre estos individuos, reforzando su
identidad colectiva como pueblo maya dentro de la región. Además, la
participación en los ritos de renovación del mundo, centrados en el Kruz
Tun o cruz de piedra, sirve como una expresión de identidad dentro del
contexto panmaya más amplio. (Astor-Aguilera y Jarvapena, 2008, p.
500). Durante el período Posclásico Maya (950 d. C. Contacto), el
área conocida como Xoken era un pueblo asociado con el linaje Kupul,
situado cerca del prominente centro político de Sakfwal, ahora llamado
Valladolid, Yucatán (Astor-Aguilera y Jarvapena, 2008, p. 487).
Esta región se ubicaba entre Chichén Itzá y Coba (Jones, 1998, p. 13;
Roys, 1939, p. 5, como se cita en Astor-Aguilera y Jarvapena, 2008,
p. 487). Sakfwal ejercía control sobre sus aldeas vecinas, incluidas
Xoken, Chichimila y Kanxoc, de las que recaudaba tributos (Jones,
1939, p. 19-21). En la actualidad, Chichimila y Kanxoc se encuentran
entre las comunidades más signi
fi
cativas responsables de organizar la
peregrinación a la estela de Xoken (Astor-Aguilera y Jarvapena, 2008,
p. 487).
De Cruz Tun, una deidad en una cruz, se proponen otras deidades
cruci
fi
cadas o Cristos Negros, entre los cuales, los más importantes de
Mesoamérica, tenemos al Señor de Tila, Señor de Chalma en México
y al Señor de Esquipulas en Guatemala. Chalma solía ser parte del
“cacicazgo” de Ocuilan, cerca de Malinalco, un paisaje del que se ha
dicho que fue tocado por la mano preciosa de los dioses (Guillaumin,
2002, p. 90). Los orígenes del culto a Chalma se remontan al siglo XVI,
a una famosa cueva en Chalma, donde los agustinos establecieron un
santuario. Inicialmente, una misteriosa escultura de piedra fue venerada
dentro de esta cueva hasta que fue desmantelada y sustituida por una
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imagen cristiana en 1539 (López Luján y Filloy Nadal, 2018, pp.
108-109). El jesuita Francisco de Florencia proporciona información
adicional sobre el culto anterior, quien a
fi
rmó:
Durante la era precristiana, las comunidades de Ocuila y sus
alrededores tenían en alta estima un ídolo cuyo nombre se ha
perdido con el tiempo debido a importantes cambios culturales y
religiosos. Algunos especulan que se llamaba Ostoc-Teotl, que se
traduce como ‘Dios de las Cuevas’, aunque esto sigue siendo una
conjetura (López Luján y Filloy Nadal, 2018, pp. 108-109).
Florencia relata cómo tanto los lugareños como los visitantes honraron
la escultura con ofrendas de incienso, libaciones e incluso sacri
fi
cios
de niños y animales inocentes. Otro relato sugiere que los propios
“ocuiltecas” demolieron el ídolo, lo que llevó a los agustinos a introducir
al Cristo Negro. Con el tiempo, los frailes aumentaron los adornos de la
cueva con representaciones del Arcángel San Miguel y Santa María de
Egipto (López Luján y Filloy Nadal, 2018, pp. 108-109).
En este lugar los ocuiltecas veneraban a varias deidades dentro de
los cerros y cuevas, siendo Ostoc Téotl uno de los más prominentes
(Guillaumin, 2002, p. 90). Según algunos relatos, Ostoc Téotl era una
encarnación de Tláloc, mientras que otros lo atribuyen a Tezcatlipoca.
Esta deidad, también conocida como Tepeyólotl, era considerada
como la guardiana de las cuevas y la esencia del corazón de la
tierra, de donde se originó su agua. Además, como representación
de Tláloc, simbolizaba el agua celeste. A su llegada, los frailes
agustinos encontraron desafíos en sus esfuerzos misioneros debido
a la reverencia que los nativos tenían por Ostoc Téotl en la cueva del
Cañón de Ocuilán (Guillaumin, 2002, p. 90).
López Luján y Filloy Nadal (2018, p. 108) indagan sobre quién es
exactamente Oztoteotl, que fue vagamente descrito en 1539 por el
jesuita Francisco de Florencia, dada la ausencia de cualquier deidad
conocida con este nombre y el amplio atractivo de los cultos rupestres
en Chalma (López Luján y Filloy Nadal, 2018, pp. 108-109).
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El antropólogo Miguel Othón de Mendizábal propone que
probablemente no era una deidad local, sino más bien un dios
“con un seguimiento universal entre los indígenas del centro de
México”. Otros historiadores se han aventurado a identi
fi
caciones
más especí
fi
cas, sugiriendo que podría ser el propio Huitzilopochtli,
o Tláloc, Tepeyollotl-Tezcatlipoca, o incluso Tlazolteotl. Los tres
últimos son candidatos particularmente plausibles para la sustitución
en las transiciones de culto lideradas por los agustinos (López Luján y
Filloy Nadal, 2018, pp. 108-109).
Siguiendo esta línea de pensamiento, Tezcatlipoca podría servir como
el precursor inmediato del Cristo Negro, Tláloc para el Arcángel San
Miguel y Tlazolteotl para Santa María de Egipto. La investigación
de Burkhart aporta más información, sugiriendo que Tezcatlipoca
y Tlazolteotl representaban un par de deidades responsables de
promover y absolver el comportamiento disoluto (López Luján
y Filloy Nadal, 2018, pp. 108-109). Si bien se asociaban con la
transgresión sexual, también se invocaban en los rituales de confesión
por su capacidad para otorgar el perdón y limpiar las impurezas de
aquellos que habían llevado vidas decadentes. Este doble papel
explica la asociación de Tlazolteotl con términos como “la que
come inmundicia” y su identi
fi
cación ocasional con Calmecacihuatl,
“esposa de los de Chalma” Burkhart, (como se cita en López Luján y
Filloy Nadal, 2018, pp. 108-109).
8. Hibridación y peregrinación moderna: Esquipulas y Metapán
Sobre la hibridación moderna de las deidades prehispánicas
en Esquipulas y Metapán, es decir, el proceso de apropiación,
incorporación, objetivación y la transformación de las deidades
prehispánicas por las órdenes cristianas y la creación de una
posesión personal local, o en este caso una deidad local “nueva”
(Hahn, 2004, como se cita en Stockhammer, 2012, p. 50), se
discutirá sobre este circuito de peregrinaciones asociadas a los
cuerpos de agua de Esquipulas y Metapán.
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8.1. Lugar de peregrinación: Esquipulas, Guatemala
Figura 16. Peregrinos dirigiéndose al Santuario del Señor de Esquipulas desde
Metapán. (Rescatado de Harvard Peabody Museum, Lothrop, 1927).
Esquipulas se encuentra en la región montañosa del Departamento
de Chiquimula en Guatemala; en él se encuentra el nacimiento del
río Lempa y uno de los a
fl
uentes tributarios del río Motagua, siendo
el a
fl
uente principal del Motagua en El Quiché. Esquipulas está en
el centro de la cuenca hídrica tanto para el mar Caribe como para el
océano Pací
fi
co. El Lempa
fl
uye hacia el sur a través de El Salvador,
mientras que el Motagua
fl
uye hacia el Caribe. El valle de Olapa, con
una extensión aproximada de 45 km
2
, se caracteriza por su terreno
de valle plano aguas arriba, con el río Olapa como principal a
fl
uente
del Lempa. Separado por montañas que alcanzan los 1,160 metros
de altura, el Shutague, un a
fl
uente del Motagua, se encuentra al
oeste, formando un paso natural históricamente atravesado por los
habitantes (Davidson, 2014, p. 10).
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Figura 17. Santuario del Señor de Esquipulas. (Rescatado de Harvard Peabody
Museum, Lothrop, 1927).
8.1.1. Aspectos políticos y económicos de Esquipulas
La etimología del nombre Esquipulas ha sido abordada por diversos
autores, entre ellos el cronista Antonio de Fuentes y Guzmán, Jorge
Luis Arriola y Gabriel Castañeda. Este último, en su estudio titulado
Esquipulas, interpreta el topónimo como “donde las manos labran y reza
la obsidiana” (Pinto Morán, 2012, p. 14).
Según Castañeda, el nombre deriva de los vocablos náhuatl itz (obsidiana),
cuitl (hablar, cantar o rezar) y poloa (manos, que según su posición puede
signi
fi
car construir o destruir). Esta propuesta etimológica es el resultado
de una inferencia elaborada por el autor tras consultar el diccionario
de Peña
fi
el Pinto Morán (2012, p. 14). Arriola, en el Diccionario
Enciclopédico de Guatemala (Tomo I, p. 392), interpreta el nombre
Esquipulas como “lugar donde abundan las
fl
ores”. Señala que el término
proviene de isquitl, una variante de itquitzúchil (
fl
or), acompañado de
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fi
jos pal o la, lo que en conjunto daría el signi
fi
cado de “tierras
fl
oridas” (Pinto Morán, 2012, p. 13).
Figura 18. Grabado de Esquipulas (Lloyd Stephens, 1840).
Antes de la llegada de los españoles, Esquipulas formaba parte del
Señorío Ch’orti’, integrado en el reino Payaquí, cuya capital se
encontraba en Copán (Pinto Morán, 2012, p. 14). Esquipulas se ubicaba
a pocos kilómetros al sur de la actual villa de Quezaltepeque, justo a
medio camino entre Copán, al este, Mitlan (Asunción Mita), al suroeste,
y Metapán, al sur. (Diccionario Geográ
fi
co de Guatemala, 2002, como se
cita en Pinto Morán, 2012, p. 14).
El asentamiento se ubicaba en una amplia planicie rodeada de cerros.
Para comprender mejor el paisaje geográ
fi
co de Esquipulas, resulta
útil considerar la descripción del presbítero Domingo de Juarros, quien
señala que la región consiste en una extensa llanura circundada por
un semicírculo de montañas conocidas como La Brea, El Bolillo, San
Isidro, El Olvido, Montecristo y otras montañas sin nombre. Entre estos
cerros destacan Montecristo (cuyo nombre en náhuat, maya o xinca se
desconoce), donde se encuentra el mojón Tri
fi
nio, y El Brujo, punto
donde convergen las fronteras de Guatemala, Honduras y El Salvador
(Pinto Morán, 2012, p. 13).
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Diversos ríos y arroyos atraviesan esta llanura,
fl
uyendo hacia las vertientes
del Atlántico y del Pací
fi
co. Esquipulas, situada sobre una meseta a unos
965 metros sobre el nivel del mar, disfruta de un clima templado y estable,
sin variaciones bruscas de temperatura (Pinto Morán, 2012, p. 13).
En este punto estratégico surgió un importante centro ceremonial que, aun
careciendo de templos construidos, poseía en su plaza cuatro majestuosas
ceibas, cuyo profundo simbolismo confería un notable prestigio sagrado
dentro de las tradiciones indígenas (Diccionario Geográ
fi
co de Guatemala,
2002, como se cita en Pinto Morán, 2012, p. 14).
Las ceremonias comunitarias se realizaban bajo la sombra de estos
árboles, en el periodo comprendido entre el solsticio de invierno y el
equinoccio de primavera. La ceiba, de enorme relevancia para los mayas,
representaba su concepción del cosmos, entendido como tres niveles
fundamentales: la bóveda celeste, el mundo terrestre y el inframundo.
En esta visión, la ceiba —conocida como yaxché— desempeñaba un
papel primordial: se creía en la existencia de cinco árboles mitológicos,
de tamaño colosal, que brotaban de la tierra y sostenían el cielo, situados
en los cuatro rumbos cardinales y en el centro (Diccionario Geográ
fi
co
de Guatemala, 2002, como se cita en Pinto Morán, 2012, p. 14).
Hoy en día, el pueblo maya continúa atribuyendo a los árboles abuelos
un carácter sagrado; estos son considerados testigos vivos de las acciones
humanas (Diccionario Histórico Biográ
fi
co de Guatemala, 2002, como
se cita en Pinto Morán, 2012, p. 14).
La Feria de Enero en Esquipulas fue estudiada por Pinto Morán (2012)
en el periodo de 1770 a 1845, destacando las transformaciones políticas,
económicas y sociales que marcaron su desarrollo. La investigación
demuestra que la feria surgió paralelamente a la festividad religiosa
del Señor de Esquipulas, con el propósito de atender las necesidades
materiales de los peregrinos atraídos por el culto al Cristo Negro. Su
crecimiento estuvo in
fl
uido por la posición geográ
fi
ca estratégica de
Esquipulas, cercana a rutas comerciales del Atlántico y a las fronteras
con El Salvador y Honduras (Pinto Morán, 2012, p. 14).
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Dicha investigación se estructura en tres apartados: el primero abordando
los fundamentos históricos del pueblo y su relación con la religiosidad;
el segundo analiza la organización de la feria, el papel del Ayuntamiento
y los con
fl
ictos de poder surgidos en torno a su administración; el tercero
examina la dinámica comercial, los tipos de comerciantes, los productos
intercambiados y los efectos de las crisis económicas y políticas regionales
(Pinto Morán, 2012, p. 14).
La feria alcanzó su mayor esplendor antes de la Independencia, pero
posteriormente decayó debido a la crisis del añil, las guerras civiles y el
surgimiento de nuevos puertos en el Pací
fi
co. Pese a ello, la feria dejó
una profunda huella cultural y económica en la historia de Esquipulas
(Pinto Morán, 2012, p. 14).
8.1.2. El Señor de Esquipulas
Davidson (2014, p. 10). reconoce al Señor de Esquipulas como una deidad
relacionada con el nacimiento de dos ríos principales en Centroamérica:
Lempa y Motagua.
Figura 19. Señor de Esquipulas, 24 de octubre de 2025 (Flores Manzano, 2025).
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Esquipulas tiene una importancia signi
fi
cativa debido a la presencia de
una e
fi
gie cristiana: una talla de cedro rojo de Cristo suspendida de una
elaborada cruz dentro de una vasta basílica situada inesperadamente en
un lugar rural remoto de Guatemala. Al igual que las veneradas imágenes
negras u oscuras de Europa, el Cristo de Esquipulas se considera
milagroso (Davidson, 2014, p. 10).
El cruci
fi
jo representa la última iteración de una tradición que se remonta a
la talla original en 1595, con descripciones anteriores que señalan tamaños
variables que van desde diminutos hasta ligeramente más pequeños que el
tamaño natural. A pesar de estas ligeras discrepancias en las dimensiones,
la forma exacta y el material de la estatua original siguen siendo inciertos.
Dada la reproducción generalizada de esta estatua en otras regiones, el
Cristo Negro moderno de Esquipulas sirve como modelo de lo que puede
denominarse como la “tradición esquipuleana”, con e
fi
gies de Cristo
en América Central que suelen compartir características morfológicas
similares (Davidson, 2014, p. 10). La tradición esquipuleana tiene 6
elementos distintivos:
...1) La
fi
gura es negra, o de un tono marrón muy oscuro, 2) La
cabeza de Cristo está inclinada hacia abajo y hacia la derecha, 3) El
pie derecho descansa sobre el izquierdo y un solo clavo atraviesa
ambos pies, 4) El lado derecho está herido y sangrando, 5) Lleva
un paño atado alrededor de su cintura, cuyo nudo está casi siempre
sobre la cadera izquierda de Cristo, 6) La inscripción INRI aparece
en la parte superior de la cruz... (Davidson, 2014, p. 10).
La peregrinación moderna a Esquipulas ocurre el 15 de enero, el día del
Señor de Esquipulas; otra peregrinación ocurre en Pascua (Davidson
2014: 20). En la época colonial, Esquipulas estaba ubicada dentro de una
región de habla, Ch’orti situada en la periferia sureste de la cultura maya
clásica (Guillaumin, 2002, pp. 89-92). En la actualidad, la población
Ch’orti se limita a un puñado de aldeas al norte de Esquipulas, ubicadas
en el departamento de Chiquimula, Guatemala, incluyendo Carnotín,
Jocotán, La Unión y Olopa (Guillaumin, 2002, pp. 89-92).
La comunidad Ch’orti de Jocotán se embarca en una peregrinación
a Esquipulas cada enero, regresando el 15 del mismo mes, cuando se
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dedican importantes ofrendas al Espíritu de la Tierra, considerado por los
Ch’orti como la encarnación indígena de la tierra, la fertilidad del suelo,
el crecimiento de las plantas y la abundancia general (Guillaumin, 2002,
pp. 89-92). Al llegar a Esquipulas, los peregrinos presentan ofrendas al
“milagroso” Señor de Esquipulas, representado por una réplica de bronce
que los Ch’orti creen que reemplaza al Cristo Negro original (Guillaumin,
2002, pp. 89-92). (Este argumento puede ser discutido, ya que se sabe
que el Señor de Esquipulas está hecho de madera).
Similar a las tradiciones observadas en Tila, los peregrinos en Esquipulas
pasan detrás de la imagen de Cristo cruci
fi
cado, dejando contribuciones
monetarias y velas a sus pies. Después de regresar a Jocotán el 15 de
enero, los peregrinos Ch’orti realizan una serie de ofrendas signi
fi
cativas
al Espíritu de la Tierra, subrayando el vínculo entre el ícono cristiano y
el Señor precolombino de la Tierra. Existen notables paralelismos entre
las ceremonias realizadas por los choles en Tila y las dirigidas por los
chortíes en Esquipulas. En Tila, la imagen del Cristo Negro descansa
sobre una plataforma en lo alto del altar mayor de la iglesia, a la que
se accede a través de rampas laterales ubicadas en la parte trasera de la
iglesia, que conducen a un corredor situado detrás y justo debajo de la
imagen, donde los peregrinos pueden interactuar con el icono sagrado
tocándolo, permitiendo que los niños lo besen o toquen, o dejando las
prendas unidas a la cruz o la tela que la cubre (Guillaumin, 2002, pp.
89-92).
En Esquipulas, la veneración de la imagen se alinea con el modelo
de Santiago de Compostela, establecido en el norte de España
(Guillaumin, 2002, pp. 89-92). La imagen de Santiago, venerado como
el conquistador de los moros y el santo patrón de España, ha atraído a
los peregrinos desde la época medieval (Guillaumin, 2002, pp. 89-92).
En Esquipulas y Tila, la tradición de ofrecer oraciones al espíritu de
la Tierra por el bienestar de los miembros de la familia ha pasado a la
adoración del Cristo Negro, conocido como el Señor de Esquipulas, y
en México al Señor de Tila, respectivamente. Los peregrinos indígenas
regresan del lugar de peregrinación a los santuarios locales dedicados al
Señor de la Tierra, donde ofrecen oraciones y homenajes (Guillaumin,
2002, pp. 89-92).
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Figura 20. Peregrinos orando frente al Señor de Esquipulas. (Rescatado de Harvard
Peabody Museum, Lothrop, 1927).
Figura 21. Peregrinos en Esquipulas, 30 de enero de 1978, mi tío Iván, mi madre, mi
abuela Estela y mi tío Tony. (Fotografía tomada por Milton Manzano, 1978).
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Por ejemplo, los Choles de Tumbalá visitan una cueva en Joloniel en su
camino de regreso de la peregrinación del Corpus Christi a Tila. Esta
amalgama de creencias precolombinas y cristianas ve la imagen de
Cristo mezclándose con el dueño de la Tierra, el guardián de las almas
y proveedor de prosperidad y salud (Guillaumin, 2002, pp. 89-92). Esta
tradición híbrida, arraigada en el culto a una deidad de las cavernas desde
la época precolombina, coexiste con la fe cristiana sin contradicción para
los creyentes. Como señaló George M. Foster, los devotos indígenas
pasan de la misa a adorar ídolos paganos en las colinas, donde ofrecen
comida y queman incienso de copal (Guillaumin, 2002, pp. 89-92).
Mirando en los alrededores del asentamiento y la basílica del Señor
de Esquipulas, el vecino paisaje sagrado de Esquipulas está lleno de
actividades y elementos culturales ligados a la sacralidad de la zona.
Sorprendentemente, en el cercano valle de Olapa, los mayas chortí
realizan un ritual en honor a los santos itinerantes, incluidos tres santos
asociados con Esquipulas: Santiago Esquipulas, San Felipe de Esquipulas
y la Santa Cruz de Esquipulas. Estos santos sirven como puntos focales
para las cofradías (hermandades religiosas) que organizan y
fi
nancian
ceremonias locales (Davidson, 2014, p. 23).
Llevadas por los peregrinos, pequeñas imágenes de madera de estos santos
des
fi
lan por el municipio, y las comunidades an
fi
trionas proporcionan
comida, bebida y alojamiento a la procesión. Además, a menos de
4 km de Esquipulas se encuentra la Piedra de los Compadres, famosa
por una leyenda que relata la transformación de dos padrinos en piedra
debido a un acto sexual prohibido cometido allí por dos hombres. Los
peregrinos modernos apedrean las rocas a su paso. Junto a la Piedra de
los Compadres, pequeñas cavidades en la piedra sirven como espacios
para quemar copal, plumas y hojas, así como para plantar áloe, lo que se
suma a la importancia espiritual de la zona (Davidson, 2014, p. 23).
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Figura 22. Piedra de Los Compadres, Chiquimula. (Rescatado de https://aprende.
guatemala.com/cultura-guatemalteca/leyendas/leyenda-de-la-piedra-de-los-
compadres/).
Numerosas cuevas se encuentran en el paisaje circundante del valle de
Esquipulas, cerca de una mina de arcilla comestible en la región, donde la
geofagia, la ingestión de tierra por parte de los humanos, forma una de las
conexiones más esenciales entre la humanidad y la tierra. Esta práctica,
prevalente en todo el mundo, a menudo se relaciona con el embarazo y
los problemas digestivos y era común entre las poblaciones antiguas de
México y América Central, conocida en náhuatl como «tizatl» (solo se
escucha tiza en la zona no «tizatl») o “tierra blanca” (Davidson, 2014, pp.
26-27).
En Esquipulas, sin embargo, esta actividad adquiere una dimensión
religiosa. A lo largo de los siglos, los sacerdotes locales han acumulado,
moldeado y santi
fi
cado depósitos de arcilla
fi
na antes de ser presentados a
los peregrinos como “tierra santa” en forma de pequeñas tablas sagradas,
conocidas por varios nombres como “tierra blanca” o “pan del Señor”.
Estas tablillas, debido a su consumo generalizado, han entrado incluso
en el sistema de mercado más allá de Esquipulas, como señaló Borhegyi,
quien consideró la práctica de la geofagia como un factor contribuyente a
la expansión del culto a Esquipulas, con arcilla comestible de Esquipulas
que se comercializaba en varios lugares distantes como Flores, Santa
Lucía y Mitla —¿Asunción Mita?— (Davidson, 2014, pp. 26-27).
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Figura 23. Tizatl o “Pan del Señor”. Tablilla de tierra blanca ingerida ritualmente.
Parte de la geofagia relacionada con el Señor de Esquipulas. (Recuperado de https://
museumofedible.earth/product/pan-de-dios/).
Muchos santuarios dedicados al Señor de Esquipulas tienen vínculos
reales o legendarios con cuevas, manantiales u otros fenómenos
naturales que recuerdan a la deidad precolombina de la tierra. Por
ejemplo, se cree que el santuario en Guatemala está situado cerca de
un manantial famoso por su barro curativo, mientras que un santuario
secundario se formó en un nivel similar a una cueva. Del mismo modo,
los santuarios de Tila y Chalma en México están asociados a cuevas; a
principios de la época colonial, Chalma adoraba a un dios de las cavernas
llamado Ostoc Teotl (Guillaumin, 2002, pp. 89-92). En el santuario de
Chimayo en Nuevo México, hay un depósito de lodo curativo. Además,
la imagen de Esquipulas en Zinacantán, Chiapas, fue descubierta en una
cueva sagrada y está vinculada a la sal extraída de las salinas cercanas,
utilizada en rituales desde la época precolombina (Guillaumin, 2002,
pp. 89-92).
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8.2. Lugar de peregrinación: Metapán, El Salvador
Metapán es un caso excepcional de peregrinación en la zona, siendo
Metapán el pueblo que sube en prominencia durante el periodo
colonial (1524–1821), cuya economía radicaba en la minería de hierro,
destacándose la producción de añil, azúcar, hierro (Dawson, 1890), y
cal. Metapán fue el principal proveedor de hierro en toda la Capitanía
General de Guatemala, o Reino de Guatemala, abasteciendo tanto
materiales agrícolas como machetes y cumas, así como de armamento
de guerra, incluidos cañones, trabucos y arcabuces. La economía del
hierro de Metapán ha sido ampliamente estudiada (Fernández Molina,
2005; Erquicia Cruz, 2007; Erquicia Cruz, 2011; Pasasin Argueta, 2017;
Castellón French, 2023).
La relevancia de la siderurgia de Metapán se incrementó a partir de
1674, cuando Marcelo Flores de Mogollón descubrió minas de hierro
en la región. Entre sus otras industrias, existían una fuerte producción y
comercio de pescado (Fuentes y Guzmán, 1933; Juarros, 1937; MNDJG,
1973, como se cita en Amaroli, 1979, p. 13).
Metapán, del náhuat Met(l)-apan —”en el agua de las piedras de
moler” o “río de metates/piedras de moler”—, derivado de metat
(metate/piedra de moler) + apan (agua/río), adaptado al náhuat según
Membreño (1908, p. 34).
8.2.1. Templos coloniales de Metapán
Metapán cuenta con tres templos principales: el Templo de San Pedro
Apóstol y el Templo de El Calvario o del Señor de Ostúa, y el abandonado
Templo de Ostúa en las orillas del lago de Güija.
El Templo de San Pedro Apóstol fue el proyecto más ambicioso y
monumental de la región (Occidente de la Provincia de San Salvador)
(Guerra Trigueros, 1938, pp. 272). posiblemente
fi
nanciado por el
auge de la industria del hierro en las primeras tres décadas del siglo
XVIII. Durante la época colonial, este templo fue el más suntuoso de la
Provincia de San Salvador, descrito como el edi
fi
cio más noble y de estilo
más puro construido en El Salvador (Guerra Trigueros, 1938, pp. 272.)
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Erigido en 1743 (Juan José Figueroa, Comunicación personal, 2025).
destaca por su sobresaliente arquitectura y manifestaciones artísticas,
especialmente los murales que antaño adornaban el interior de la nave
central y la sacristía. Según la tradición popular, estos murales fueron
cubiertos con pintura por orden de un sacerdote, quien consideró que
distraían a los feligreses durante las misas Valiente y Monterrosa (1931).
Figura 24. Templo de San Pedro Apóstol, Metapán. 3 de enero de 2025 (Flores
Manzano, 2025).
Entre los murales destaca la imagen de la cruci
fi
xión de Jesús, con
dos vides emanando de cada mano cruci
fi
cada, así como dos corderos
acompañando la imagen a los pies de Cristo. Esta pintura está rodeada
por tres emblemas heráldicos relacionados con las “armas de Cristo”
o “Strumenti di Passione” (instrumentos de la pasión) denominados
“Scutum Salvationis” (el escudo de la salvación), siendo utilizados
por primera vez alrededor de 1240 por los Grey Friars de Cambridge
(Saporiti, 2010, p. 17).
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Figura 25. Mural, técnica secco, Cruci
fi
xión, circa siglo XVIII, Sacristía, Templo de
San Pedro Apóstol, Metapán (Flores Manzano, 2025).
26) 27) 28)
26) “Strumenti di Passione” o “Scutum Salvationis” (el escudo de la salvación) 1240 CE
(Saporiti, 2010, p. 17). 27) Detalle, mural de Cruci
fi
xión, Templo de San Pedro Apóstol,
Metapán (Flores Manzano, 2025). 28) Detalle, Virgen de la Inmaculada Concepción
con sus Santos Franciscanos, pintura atribuida a Diego Quispe Tito, 1675, Perú, Denver
Art Gallery (Flores Manzano, 2025).
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8.2.2. Templo de El Calvario: El Señor de Ostúa
El santuario del Señor de Ostúa se localizaba originalmente entre los ríos
Angue y Ostúa, al oeste de la actual ciudad de Metapán. Este templo fue
trasladado al Templo del Calvario a mediados del siglo XVIII debido a
que el templo original quedó dañado, posiblemente por la inundación de
Ostúa entre 1734 y 1740 o la destrucción sísmica de 1733 (Erquicia Cruz,
2007).
Figura 29. Portada, Templo del Señor de Ostúa, Metapán. (Créditos al autor, sin fecha,
tomada de Reminiscencias de El Salvador).
Se propone en este trabajo que esta población se movió a consecuencia
del boom de la minería de hierro durante las primeras tres décadas del
siglo XVIII en Metapán, y estas obras monumentales servirían para crear
símbolos que uni
fi
caran a la población en torno a la minería de hierro.
Existe el antecedente del movimiento de poblaciones completas en el
Reino de Guatemala durante la colonia al mover la primera fundación de
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Santiago de los Caballeros de Guatemala de Iximché primero al Valle de
Almolonga y posteriormente al Valle de la Ermita entre 1542 y 1773. Lo
mismo sucedió con la Villa de San Salvador, la cual ocupó el Valle de La
Bermuda entre 1528 y 1545 y fue trasladada del Valle de Salcoatitán en
1545 hasta la actualidad. Investigaciones arqueológicas podrían ayudar
a elucidar la cuestión de la desaparición del asentamiento en Ostúa y el
origen de los templos de Metapán.
8.2.3. Fiesta de El Señor de Ostúa
El “Señor de Ostúa” es una escultura de Cristo cruci
fi
cado que se
encuentra en el Templo de “Nuestro Señor de Ostúa, El Calvario” en
Metapán, El Salvador. El Señor de Ostúa se ubicaba originalmente en los
“pueblos de indios” de Angue y Ostúa; algunos relatos mencionan que se
llamaba Santiago Metapán (Lardé y Larín, 2018, pp. 261-263).
Los pueblos de Angue y Ostúa existieron después de la conquista
de los españoles; pero de ellos sólo los vestigios de sus templos y
dos imágenes de Cristo Cruci
fi
cado que aún se conservan en esta
Villa (de Metapán) venerada por todos los
fi
eles, que se conocen
con los nombres del señor de Angue (Fig. 9) y el señor de Ostúa
(Fig. 10)...” (Lardé y Larín, 2018, pp. 261-263).
Sobre el señor del Angue existe un registro de 1931 en el cual se menciona
que de los pueblos españoles de Angue solo se conserva una imagen de
un Cristo, sin especi
fi
car si este es el Señor del Angue o el Señor de Ostúa
(Valiente y Monterrosa 1931, p. 30). así también proponen que:
…Un Cristo de esta iglesia fue trasladado a Metapan donde aun
se conserva y se conoce con el nombre del Señor de Ostua, tanto
este como el del Angue son de color negro y fueron hechos por el
escultor Quirío Cataño (Valiente y Monterrosa 1931, p. 31).
No existen documentos que con
fi
rmen la veracidad de esta propuesta
como en el caso del Señor de Esquipulas; es posible indagar a través
de análisis arqueométricos (radiocarbono, análisis de pigmentos) para
constatar sobre el origen de la pieza y su antigüedad.
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Figura 30. Fiesta del Señor de Ostúa, 3 de marzo de 2019, Templo El Calvario o del
Señor de Ostúa, Metapán. Nótese los cántaros en las columnas de la entrada (Flores
Manzano, 2019).
La Fiesta del Señor de Ostúa tiene la particularidad de celebrarse en una
fecha variable, coincidiendo con el domingo anterior al Miércoles de
Ceniza. Esto signi
fi
ca que puede realizarse en cualquier momento entre
el 4 de febrero y el 10 de marzo, durante el apogeo de la estación seca.
En febrero de 2019, tuve la oportunidad de asistir a esta celebración,
que se distingue por una peregrinación proveniente de diversos lugares.
Es reconocida por los habitantes de Metapán debido a la presencia de
integrantes de pueblos originarios de Guatemala, quienes llegan para
comerciar textiles y, en tiempos pasados, realizaban intercambios o
compras de productos metálicos, como machetes o
fi
erros”. Estos
materiales, producidos en Metapán gracias a sus yacimientos de hierro,
fueron fundamentales en el ciclo agrícola desde la época colonial.
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Figura 31. Fiesta del Señor de Ostúa, 3 de marzo de 2019, Metapán (Flores Manzano,
2019).
Un aspecto interesante de esta
fi
esta es la relevancia de las ánforas de
caramelo blanco (Fig. 8), decoradas con
fl
ores amarillas y rosadas, como
uno de los principales souvenirs o tokens asociados al evento. Estas
ánforas parecen estar vinculadas a un culto al agua y la fertilidad. Cabe
destacar que los colores amarillo y rosa evocan los principales árboles
en
fl
or durante esta temporada: el Maquilishuat (rosa) y el Cortez Blanco
(amarillo). Este tipo de dulces no eran exclusivos de esta
fi
esta; ya en
la década de 1970 se observaban en Izalco (P. Amaroli, comunicación
personal, 2024). lo que subraya su continuidad cultural y simbólica en
la región.
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Figura 32. Señor de Ostúa, 3 de enero de 2025 (Flores Manzano, 2025).
El Templo del Señor de Ostúa, ubicado en la parte norte de la ciudad,
presenta ánforas decorando las columnas de entrada a su atrio, las cuales
podrían interpretarse como símbolos asociados a un culto al agua. De
manera similar, el Templo de San Pedro Apóstol en Metapán también
incorpora ánforas en su arquitectura, lo que sugiere una posible relación
simbólica con el agua.
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Figura 33. Ánforas de caramelo blanco,
fi
esta del Señor de Ostúa, 3 de marzo de 2019,
Metapán.
Es importante mencionar que, en los estudios sobre el Cristo Negro en
Centroamérica, Davidson (2014, pp. 199-200) no menciona al Señor de
Ostúa como un Cristo Negro en su publicación, y que Marielba Herrera
(2013, pp. 63-81) no reconoció la importancia del Señor de Ostúa en la
época moderna y prehispánica, hasta la publicación de 2024 (Herrera,
2024), paralelo a la redacción de esta investigación.
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Figura 34. Señor del Angue, Parroquia La Trans
fi
guración. (Fotografía de Flores
Manzano, 3 de marzo de 2019).
35) 36)
35) Detalle, Señor del Angue, 36) Placa del Señor del Angue, Parroquia La
Trans
fi
guración, San Salvador: “Señor del Angue, en memoria de nuestros padres
Manuel I. Valiente y Ana R. de Valiente. Sus hijos. Familia Valiente Rivas”. (Fotografía
de Flores Manzano, 3 de marzo de 2019).
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9. Discusión
Kubler, (1984, pp. 11-12). argumenta que las tradiciones de peregrinación
del viejo mundo, propias de las religiones grecorromana, budista,
cristiana e islámica, se caracterizan por viajes individuales en busca
de favores personales, ya sean divinos o terrenales. En contraste, las
peregrinaciones precolombinas, especialmente en Mesoamérica, eran
esfuerzos colectivos cuyo propósito era garantizar la continuidad de la
creación del universo, constantemente amenazada por la posibilidad de
una disolución catastró
fi
ca en un cosmos inestable.
Para los aztecas, los seres humanos eran considerados sacri
fi
cios
potenciales esenciales para mantener la vitalidad y existencia de las
deidades. Cada individuo representaba una ofrenda de sacri
fi
cio completa
y crucial para el sustento continuo de los dioses (Kubler, 1942; Nicholson,
1971, como se cita en Kubler, 1984, pp. 11-12)..
La introducción, por parte de los misioneros españoles, del concepto
cristiano de Dios como Trinidad —Padre, Hijo y Espíritu Santo— marcó
un cambio de paradigma. Este concepto destacaba la idea de que Dios se
sacri
fi
por la salvación de la humanidad, en contraste con la cosmovisión
precolombina, donde los sacri
fi
cios humanos eran necesarios para calmar
a las deidades o Teot. En nahua, Teotl representa a lo sagrado y divino.
(Kubler, 1984, pp. 11-12).
Tras la conquista, las peregrinaciones cristianas, promovidas por la Corona
española y la Iglesia Católica Romana, adquirieron prominencia en la
época colonial, desplazando las peregrinaciones indígenas destinadas
a preservar el equilibrio cósmico. A pesar de los esfuerzos misioneros
por eliminar los rituales nativos, vestigios de estas prácticas ancestrales
lograron sobrevivir, aunque de manera fragmentada (Kubler, 1946, pp.
395-396; 1961; como se cita en Kubler, 1984, pp. 11-12)..
Se puede observar que la peregrinación de los Cristos Negros como
imagen de culto se desarrolló en la Edad Media en Europa y tenía un
fuerte vínculo con Alemania y España. Estadísticamente, es una de las
deidades menos utilizadas para peregrinar en las Américas. Es importante
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mencionar que el modelo del Cristo Negro utilizado en Esquipulas y
Ostúa se inspiró en la obra maestra de Alberto Durero La Gran Cruci
fi
xión
de 1521, Amberes, Países Bajos (Panofsky, 2005), siendo la base de la
tradición “esquipuleana”.
Figura 37. La Gran Cruci
fi
xión, Alberto Durero, 1521 (Panofsky, 2005).
Se propone en este trabajo que el río Lempa, las montañas de la región de
Montecristo o Tri
fi
nio y el lago de Güija tienen las características de un
paisaje sagrado, el cual ha sido reconocido desde la época prehispánica, a
partir de la cantidad de sitios arqueológicos descritos en los alrededores.
También los relatos coloniales (los cuales son discutibles al considerarse
“tardíos” por ser de 1576 CE, (Chinchilla Mazariegos, comunicación
personal 2024). proponen que dos “rocas” principales eran lugares de
peregrinación, donde los peregrinos ejecutaban sacri
fi
cios rituales; se
proponen que sean los sitios Igualtepeque y Azacualpa, que podrían
describirse con certeza como santuarios forti
fi
cados.
La fundación de Santiago Metapán en la parte norte del lago, en los
alrededores de los pueblos indios de Angue y Ostúa —que se encuentran
entre los ríos Angue y Ostúa—, y el traslado de este pueblo a San Pedro
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Metapán, ahora conocido como la Ciudad de Metapán (y con los últimos
acontecimientos como Distrito de Metapán), la construcción del Templo
de San Pedro y el Templo del Señor de Ostúa después de la uni
fi
cación
de la ciudad, trasladó el lugar de culto de los ríos a la ciudad bajo la
autoridad de los españoles.
También, se ha propuesto que existían dos imágenes del Cristo Negro y
cada Cristo Negro era el protector de cada río: El Señor de Ostúa (ubicado
en Metapán) y El Señor de Angue (que fue “extraído” de Metapán por
parte de la familia Valiente y ahora se encuentra en el Templo de la
Trans
fi
guración en San Salvador, El Salvador, desmontado de su cruz
y colgado con “cáñamo” de pesca). También se identi
fi
ca la economía
ritual durante la
fi
esta del Señor de Ostúa, en la que se sirven ánforas de
dulce, las cuales posiblemente sustituyen las que en el pasado eran de
barro comestible.
Es posible vincular el culto al Señor de Ostúa/Angue con dos dinámicas:
el culto prehispánico y el culto colonial/moderno a los Cristos Negros
en Mesoamérica. Se han registrado en las crónicas dos lugares de culto:
Mitla (Mictlán) en Asunción Mita, Guatemala, ubicado en el manantial
donde emana el agua para formar el río Ostúa. Es importante mencionar
que en este lugar se ubica Ixtepeque, la principal fuente de obsidiana de
alta calidad en la zona. El otro lugar de culto se ubicaba en la “Laguna
de Uxaca” Grande o Lago de Güija, que tenía dos santuarios principales,
Igualtepeque y Azacualpa. Relacionados con los lugares de culto
coloniales de la zona tenemos a Esquipulas y al Señor de Esquipulas,
que no tuvieron asentamientos prehispánicos tan elaborados como los del
lago de Güija y Asunción Mita.
Propongo que todos los sitios del lago Güija, Asunción Mita y Esquipulas
están relacionados con el mismo fenómeno: el culto a los lugares donde el
agua emana para formar los ríos principales. Esquipulas, Asunción Mita y
Güija como el lugar de nacimiento de la tierra del río Lempa, y Esquipulas
también como el lugar de nacimiento de un tributario del río Motagua.
Al ser Esquipulas el lugar donde convergen dos cuencas
fl
uviales, este es
uno de los lugares de peregrinación más importantes de la zona. Estos ríos
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son los portadores de vida para animales y plantas que riegan los cultivos
en las vertientes del Atlántico y el Pací
fi
co, y al ser sociedades agrícolas,
esta es la razón de su sacralidad. Entre las deidades prehispánicas
actuales del color negro en los alrededores de Esquipulas, se encuentra
la escultura de Turkaj o Pascual Abaj (Fig. 13) en Chichicastenango,
Guatemala (Veliz Catalán, 2018).
Así también es probable que existieran otros lugares de peregrinación
desde tiempos prehispánicos en otras fuentes de agua como es el caso de
la festividad de Los Cumpas de la cordillera en San Lucas Cuisnahuát y
San Cristóbal de Jayaque (Martínez, 2019), situadas en la Cordillera del
Bálsamo, donde nacen varios a
fl
uentes que irrigan el valle de Zapotitán y
son parte de la cuenca del río Lempa.
Figura 38. Turkaj o Pascual Abaj, Chichicastenango, Guatemala (Veliz Catalán,
2018).
Sobre las identidades del Señor de Ostúa y el Señor de Angue, ha sido
ampliamente aceptado que las manifestaciones del Cristo Negro sean
posiblemente Ek Chuah (Fig. 41) o Yacatecuhtli (Fig. 42), las principales
deidades de los mercaderes para los mayas y los mexicas, pero si
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prestamos atención a la etimología, se propone que Ostúa provendría de
Ostoc “cueva” en náhuatl, y se relaciona con la antigua deidad llamada
Ostoc Teotl que podría escribirse como Ostocteotl u Oztoteotl quien ha
sido propuesto como una reencarnación de Tláloc, otros lo atribuyen
como Tezcatlipoca y se le ha nombrado como Tepeyolotl como el
guardián de las cuevas y la esencia del corazón de la tierra o incluso
Tlazoteotl. También se ha presentado como una representación de Tláloc,
simbolizando el agua celeste (Guillaumin, 2002: 90; López Lujan y Filloy
Nadal, 2018, pp. 108-109).
39) 40)
41) 42)
Deidades prehispánicas oscuras. 39) Tezcatlipoca. 40) Quetzalcoatl. 41) Ek Chuah,
Dios “M”, señor de los mercaderes. 42) Yacatecuhtli.
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La interpretación del Señor de Angue sería un poco más difícil, basándonos
en que la etimología más cercana podría ser “Anque” en náhuat, que
podría traducirse como el señor que “aprehende” (Robelo, 1902, p. 47). o
el señor “cazador” (Tena, 2020, p. 626). este un atributo de caza podría
estar relacionado con Mixcóatl deidad de las tribus cazadoras (Mateos
Higuera, 1993, p. 43). La historia de Mixcóatl es importante en el
Posclásico Tardío, esto porque a raíz de una gran inundación que marcó
el
fi
n del Cuarto Sol, nació como Tlatlauhqui Tezcatlipoca, el Espejo
Rojo Humeante, hijo de los dioses supremos, decidió asumir una nueva
identidad conocida como Mixcóatl, la Serpiente de las Nubes (Mateos
Higuera, 1993, p. 39).
43) 44)
Ek Chuah/Yacatecuhtli: 43) Tiesto Policromo Banderas con la imagen de Yacatecuhtli
de Cihuatán (Amaroli y Bruhns, 2013; Amaroli, 2015). 44) Anillo de Ek Chuah, Museo
Nacional de Antropología “David J. Guzmán” (Flores Manzano, 2025).
Esta transformación ocurrió durante un período de oscuridad que
precedió a la creación del Quinto Sol, que amaneció en el año Trece Caña,
correspondiente al año cristiano 1039. Mixcóatl, también venerado como
Camaxtli en Tlaxcala, Huexotzinco y Coatépec, introdujo la práctica de
hacer fuego con dos piezas de madera durante esta época oscura. Al girar
rápidamente una pieza dura y redonda contra una más grande y blanda, se
generaban chispas que encendían fuegos que simbolizaban la renovación
y la celebración (Mateos Higuera, 1993, p. 39).
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Esta innovación llevó al establecimiento de la ceremonia del Fuego
Nuevo, conmemorada cada 52 años (Mateos Higuera, 1993, p. 39).
Tlatalauhqui Tezcatlipoca no se menciona con mucha frecuencia, pero
su invocación como Xipe Tótec se cita con más frecuencia (Mateos
Higuera, 1993, p. 39). Es interesante mencionar que se encontraron dos
esculturas Xipe Tótec sentadas en la isla de Igualtepeque, haciendo una
conexión moderna con el antiguo culto que se desarrolló en la zona.
10. Conclusión
En suma, tanto el lago de Güija (y sus ríos tributarios) como
Esquipulas funcionaron como espacios de peregrinación desde tiempos
prehispánicos, como lo con
fi
rman la etnohistoria y la evidencia
arqueológica. Estos paisajes rituales estuvieron profundamente
vinculados al agua: al nacimiento del río Lempa, a los tributarios del
Motagua en Esquipulas y a la propia formación del lago de Güija —la
antigua Laguna de Uxaca Grande nutrida por corrientes (ríos
Ostua, Angue y Cusmapa) procedentes de otros centros de culto,
como Mictlán (Asunción Mita), cuyo complejo ceremonial posee una
larga ocupación desde el periodo Clásico. La región, compartida por
pueblos mayas y nahuas, adquirió así una marcada con
fi
guración ritual
y una importancia sostenida para la peregrinación y el intercambio.
Atestiguan el lugar de peregrinación principal la isla/península de
Igualtepeque, siendo este un lugar de peregrinación forti
fi
cado en
tiempos prehispánicos.
Los cuerpos de agua fueron concebidos como entidades con cualidades
propias, algunas “bené
fi
cas”, como el lago de Güija, el nacimiento del
río Lempa o el lago de Ilopango, y otras “peligrosas”, como Coatepeque.
Esta relación espiritual con el paisaje se proyectó posteriormente en un
notable proceso de hibridación, donde las culturas mayas, nahuas y xincas
se entrelazaron con la nueva fe cristiana. Dicho proceso se materializa
de forma paradigmática en el Cristo Negro de Esquipulas, creador de la
tradición esquipuleana, donde se derivan las devociones como el Señor
de Ostúa y el Señor del Angue en Metapán. El antiguo santuario del
Señor de Ostúa, situado entre los ríos Ostúa y Angue y abandonado en el
siglo XVIII, revela en su emplazamiento —a orillas del lago de Güija—
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una identidad profundamente híbrida: una convergencia entre deidades
prehispánicas y símbolos cristianos.
La
fi
gura del Señor de Ostúa, cuyo nombre podría derivar de Ostoc
(“cueva” en náhuat), ha sido vinculada a la antigua deidad Ostoc Teotl
—posible manifestación de Tláloc—, aunque otros estudios lo relacionan
con Tezcatlipoca, Tepeyólotl o incluso Tlazolteotl. También se ha
interpretado como una versión cristianizada de Tláloc asociado al agua
celeste, siguiendo las propuestas de Guillaumin y de López Luján junto
con Filloy Nadal. La
fi
esta del Señor de Ostúa constituye, por ello, un
espacio donde perviven y se entretejen armónicamente las tradiciones
prehispánicas y cristianas, siendo estas deidades productos híbridos,
preservando una memoria ritual milenaria vinculada al nacimiento del
río Lempa.
Por su profundo valor simbólico y por la relevancia cultural e histórica
del Lempa —cuya cuenca irriga Guatemala, Honduras y, de manera
central, El Salvador—, este río merece un estatus especial de protección.
Modelos contemporáneos, como el reconocimiento constitucional de los
“Derechos de la Naturaleza” adoptado por Ecuador en 2008, (Constitución
de Ecuador, 2008, art. 71-74). Ofrecen un referente útil, que sería de suma
importancia a ser aplicado a estas fuentes de agua sagrada, tanto para la
religiosidad como principalmente para la vida misma. Salvaguardar tanto
la tradición cristiana de los Cristos Negros de Esquipulas, Angue y Ostúa
como la herencia prehispánica que consagró los nacimientos de agua
como lugares sagrados es indispensable para proteger un patrimonio
biocultural que continúa dando sentido e identidad a la región.
11. Agradecimientos
Agradezco a Yale University, así como a los fondos MacMillan
Dissertation Fund y Albers-Coe-Hazard Fund, por el apoyo brindado
para la realización de este trabajo. Extiendo mi gratitud al Prof. Oswaldo
Chinchilla y, de manera muy especial, al Prof. Richard Burger, quien me
motivó a explorar y discutir este tema en su curso sobre Arqueología de
la Religión.
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Mi padre en el día de su graduación en 1977, junto a mis abuelos, en el Templo de San
Pedro Apóstol, Metapán.
Dedico este trabajo a mis abuelos Óscar Flores Duarte y Ana María
Figueroa de Flores, y a mi padre Carlos Antonio Flores Figueroa, quienes
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orecieron en Metapán, un lugar que marcó mi infancia y despertó en mí
innumerables preguntas por su arquitectura y las historias que me contaban
mis familiares siempre que visitaba. Extiendo también esta dedicatoria a
mi familia Flores Figueroa de Metapán, con profundo cariño.
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